¿Qué hacer con este saludo? ¿Qué hacer con el miedo, con la ira muda, con el recelo? ¿Qué hacer con esta complicidad que te zarandea y te disuelve, donde la figura humana deja de conmover y la violencia obscena se normaliza? Las palabras importan. Los gestos importan. La foto importa. La puesta en escena te perfora, te disuelve. Tanta complacencia duele. Se te mete en los huesos, en la carne. El encuentro fue una orgía de felicidad, de servilismo. No importa que ahí afuera se amontonen los muertos, que fluya la sangre. Sonrisas anchas y jugosas para el gendarme enajenado.
Quienes hoy cierran los ojos deberían recordar que la normalización del abuso es siempre performativa. No es que Trump (y Milei) tengan poder y por eso se normaliza, es que validar su impunidad es lo que agranda su poder. Lo que toleramos por conveniencia acaba siendo un precedente y asentándose como práctica legítima.
Cada silencio o gesto de indulgencia, cada crítica aplazada, contribuye a ampliar el margen de maniobra de quien desoye las reglas. Y ahí reside el peligro real: no en aplicar la arbitrariedad, sino en que, una vez aceptada, ya está disponible para cualquier situación. Un poder sin máscaras solo necesita, para expandirse, que los demás sigamos fingiendo que no ocurre lo que todos, sin excepción, sabemos que ocurre. Los gestos públicos se vuelven modelos de aceptación, y no parecen imposiciones, sino consecuencias lógicas de principios incuestionables.
Hay algo excesivo que fatiga en la realidad de hoy. Esa crueldad indiscriminada del hombre poderoso y del hombre de a pie. Como si la bondad fuese una deficiencia en el carácter, una insignia de perdedores. Y todo ocurre a plena luz del día. Sin pedir cuentas. Sin exigir responsabilidades, sin esa necesidad imperiosa de reaccionar ante la barbarie. Es cuando el poder se vuelve “natural”. Fabrica consenso mediante el miedo anticipatorio.
¿Cómo no vas a ir a saludar a Trump? Tal vez porque sobre sus espaldas hay 70.000 muertos en Gaza, una masacre que pudo evitar. Porque llevamos 2.500 muertos en su guerra de hoy por dominar el flujo de petróleo. Porque, Messi, vivís en un país como emigrante, de lujo, sí, pero emigrante al fin, mientras la mano que estrechás diseñó la crueldad de las ICE para perseguir violentamente inmigrantes como tú, eso sí, de gama baja. Existe un poder prepotente que no gobierna: irrumpe. No administra: impone. Un poder que solo existe para sí mismo y que necesita algo contra lo que existir: enemigos fuera para unificar y amigos dentro para disciplinar.
De tanto mirarnos el ombligo, hemos abandonado ontológicamente al otro. Tal vez Messi nos sorprenda a todos, y tenga un gesto público este 24 de marzo, asistiendo a los espacios de memoria, y condenando la masacre más inhumana de nuestro país.
AUTOR: JOSÉ LUIS LANAO. Periodista, exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo en Japón 79.
