Entre la primera credencial de expositor y la segunda pasaron poco más de cuatro años. Entre la primera credencial y la segunda hay poco más de cuatrocientos kilómetros. Entre la primera credencial y la segunda hubo pasos que parecían prolongar la distancia que finalmente hay entre las dos. Dicen que toda comparación es, en la mayoría de los casos, odiosa. Pero acá no hay comparación posible, la segunda credencial es consecuencia directa de la primera. Desde que volví a la aldea mi vida es otra, y todo aquel que haya vuelto a su lugar de origen sabe de lo que estoy hablando/escribiendo. En un principio la idea era sobrevivir a una suma de fracasos que me habían devuelto al punto cero. Con el paso de los años, sobrevivir se volvió una rutina que fue mutando. Las cosas no se superan, sólo se avanza hasta que la carga empieza a disminuir en su peso y de a poco se desprende y cae sobre el camino para morir ahí donde quedó, soltar es dejar caer sin prestar atención a los pasos previos. Pero algo queda, un eco de eso que fuiste, y también de eso que quisiste ser y no fuiste, o no pudiste ser. A veces es un sabor agridulce que uno siente cuando ve caer la tarde del domingo, un lugar común del que nadie se salva; otras veces lo agridulce aparece un viernes a la noche, por ejemplo; o en las horas muertas de la tarde, los días de semana, donde la siesta de la aldea suspende cualquier forma de vida y convierte todo en una postal estática; tiempos muertos donde uno duda incluso hasta de su propia existencia, después de todo, nadie se salva de ser un fantasma en la vida de alguien más. En fin, las agujas siguen girando y uno sigue existiendo. En poco más de cuatro años la necesidad de hacer algo más que tratar de sobrevivir me llevó a organizar una feria del libro acá en la aldea. Al parecer fue la primera de este estilo, una réplica a escala (bastante menor en tamaño, pero no en importancia (para mí)) de aquello que experimenté, vi y aprendí en la Feria del Libro en Capital Federal. Este texto habla por y de mí, porque el autor siempre es uno solo, aunque en este caso Fuenteovejuna lo hizo, tuvo su primera Feria del Libro de Nogoyá, así lo siento en parte, y estoy muy satisfecho.
La memoria es un mecanismo cuyo funcionamiento es muy complejo y extraño. No pasa semana en que no recuerde una conversación que tuve hace unos años con alguien a quien quise y quiero mucho. Esa persona me dijo, con el mayor de los respetos, que no veía en mí una persona ambiciosa. Su parámetro de ambición, al menos en ese momento, era conseguir una estabilidad económica que no teníamos. Era una observación válida y entendí su punto de vista, aunque sus palabras resuenan hasta hoy como un llamado de atención de esos que te hacían en la escuela, frente a todos tus compañeros, y que te dejaban completamente sin defensas ante la voz de la autoridad. Me llevó mucho tiempo entender que las ambiciones de ese ser querido podían no coincidir con las mías. Que la estabilidad económica es muy importante, pero uno puede ambicionar logros y objetivos que no necesariamente tengan una retribución monetaria acorde, o que directamente carezcan de retribución monetaria alguna. Uno puede ambicionar ser un mejor guitarrista de lo que era hace dos años, lo mismo puede aplicarse a la escritura, a la pintura, a correr maratones, a cruzar el Paraná a nado, ninguna de esas opciones tiene una retribución monetaria. Tampoco sirve mentirse y darle una pátina de heroísmo a algo que es tan real como no poder pagar la boleta de la luz, estar bien económicamente genera un grado de tranquilidad que es importante para nuestra salud mental. El dinero no compra la felicidad, pero denle un sueldo, o una entrada económica fija a una persona, y verán cómo cambia para mejor su vida en muchos aspectos.
La charla va a seguir resonando en alguna parte de mi memoria, aunque ahora, después de escribir este texto, pese menos, y caiga y muera en cualquier momento, en el camino. Hoy puedo dar y darme una respuesta ante esa (supuesta) falta de ambición que (supuestamente) me caracteriza: el éxito radica en la concreción del hecho en sí mismo, no importa la retribución correspondiente.
Las cosas tienen un costo, un precio y un valor, y saber diferenciar esas tres palabras es de mucha utilidad frente a todos los aspectos de nuestra existencia. El costo de algo puede ser altísimo, mientras que su precio puede ser inversamente proporcional y, a la vez, su valor puede ser incalculable. Una primera Feria del Libro, en una aldea perdida en medio de una comarca entrerriana, tuvo un costo alto para quienes la llevamos adelante, su precio fue de unos pocos millones de pesos (cifra hasta irrisoria teniendo en cuenta todo lo que estaba en juego) y su valor se desconoce y seguirá sin saberse por muchos años más.
Pasaron casi cinco años desde la primera credencial de la foto y la segunda. Pasaron más de cinco años desde que tuve una charla donde aprendí que las diferencias, muchas veces, son insalvables y no hay nada que uno pueda hacer para contrarrestar esa distancia. Escribo esto como un modo de aprender a ser ambicioso en los términos equivocados, o en los términos correctos, todavía no me ha llegado la iluminación y no tengo una reflexión valiosa sobre nada en particular. A esta altura, todo parece una anécdota, tal vez lo sea y nadie me lo advirtió todavía. Fuenteovejuna tuvo su primera Feria del Libro, sigo con deudas y en algún momento la situación se revertirá, quiero ser optimista y me permito serlo, por lo menos hoy. Si eso no pasa, otra cosa pasará. Lo único que tengo claro es que escribir, en muchos casos, es la única respuesta posible.
AUTOR: Nicolás Enrique. Escritor de Nogoyá. Junto a su hermano poseen la editora Reloj de Arena.
