RIVERA, POR LA VUELTA.

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Quien primero me recomendó la lectura de Rivera fue, en los 80, Osvaldo Soriano. Más tarde, poco más tarde, Eduardo Belgrano Rawson. Se referían ambos a La revolución es un sueño eterno. Ahí, en la lengua y, paradojalmente, la lengua cancerosa del orador más furibundo de Mayo, Rivera consolidaba su estilo entre el fraseo y la respiración agitada y agitadora, una orfebrería que iba a distinguir toda su obra sucesiva. Algo más tarde Juan Martini lo captó y editó su obra sucesiva. De lo que hablo es que ya en los 90 Rivera era un escritor admirado por sus pares, una voz que venía a plantear, con sensibilidad y pensamiento, la relación entre literatura y violencia política. En lo personal, lo encontré por primera vez en el estudio del doctor Finkelberg, el letrado patrocinante de los escritores, defensor de los derechos de autor. Vi salir de su escritorio un hombre de gorra, campera, creo que de cuero y negra, creo digo, que caminaba lento. Me pareció que era él. Después lo confirmó Tito, como lo llamábamos a Finkelberg. Me habló de su sencillez y humildad, de sus principios insobornables. Más tarde coincidimos en encuentros literarios, polémicas y bares. Hablábamos de literatura, por supuesto. Y no sólo. De su coherencia, también. Admito que decir esto suena solemne. Pero no se trata de almidón sino de valores que en un tiempo eran código de nobleza. Escribí varias veces sobre Rivera. Y hoy, volviendo a su narrativa, esta vuelta es un reencuentro necesario con una prosa personal y cautivante de las que no abundan en el panorama de la literatura actual. Ecos de Chandler, como la metáfora irónica. Y de Faulkner, las observaciones existenciales sobre la desgracia, el alcohol, el sexo turbulento. Y, a menudo, los aires perdidos de una revolución que no fue.

A esta altura no cabe duda, aunque muchos de sus libros fueron descatalogados, Rivera es una de las voces mayores de la literatura argentina contemporánea. Se ha dicho, a menudo, que la suya es una voz que opera persiguiendo modulaciones, que con sus inflexiones busca reflejar el jadeo físico. Y es en este recurso expresivo donde Rivera, emulando en la escritura un decir agitado y agitador, retrocede siempre un paso, unas líneas, para avanzar persistiendo en una reiteración que recalca, ilumina, y recobra el hilo temporal. En concreto: Rivera propone la narratividad desde el cuerpo de sus personajes. En este mecanismo de retroceso para avanzar está también su programa estético: volver al pasado para leer el presente. Su programa contiene una sentencia: “Hay libros que dibujan el presente, cuando hablan del pasado”.

Además, persistente, su literatura se empecina en resaltar, en la corporalidad, lo que puede haber de cómplice con la injusticia en el hecho de escribir. La lengua, así, se infiere, balbucea y debe volver atrás, tomar envión y decir de nuevo porque la derrota revolucionaria pone en entredicho las palabras al precisar una explicación. A menudo en sus relatos hay pensamientos, como revelaciones, que plantean que la literatura es distracción burguesa, jugueteo banal que no aporta al cambio histórico. En varias de sus historias Rivera manifiesta esta tensión entre acción y literatura, dilema persistente que surge, como constante, en su escritura. Por ejemplo: “La ficción es una mentira que se acepta”. Esta es su concepción de la literatura. Y su ficción suele contener más verdades que toda la historia oficial.

En este punto es lícito recordar que, con no menos empecinamiento, en todas partes, con sus modos de un rudo pasado obrero y militante, con la voz gruesa, provocador, dejó dicho que la literatura no modifica en nada un sistema regido por la injusticia. Más allá del discutible tremendismo de su aseveración y, a la vez, concediéndole a la literatura sus valores propios, puede aducirse que así como a la literatura no se le puede pedir la revolución, tampoco se la puede esperar de la certidumbre militante. Irritaba a los biempensantes. Conviene, con sensatez, definir de qué clase de literatura y de militancia se habla.

La actitud desconfiada en la escritura y en sus intervenciones públicas acerca de la utilidad de la literatura pueden resultar coherentes si se tiene en cuenta que Rivera, junto con su compañera Susana Fiorito, participa desde hace años en la acción de un centro comunitario en uno de los enclaves más carenciados de Córdoba. Desde acá entonces, desde la visión descarnada y concreta de la mortalidad infantil, de la delincuencia inexorable de la infancia marginada, Rivera legitima su ferocidad en los debates remitiendo al setentismo que, exarcebando como Sartre la contradicción entre literatura y realidad planteaba que La náusea no tenía ningún valor frente a un chico del Tercer Mundo muerto de hambre. No obstante, este escepticismo no le impidió a Rivera, en los últimos años, alcanzar catorce volúmenes de ficción. Desprendido de la militancia comunista en la que se templó, Rivera se afincó, en la realidad, en el escenario concreto de la miseria y, anclándose en el substrato más empobrecido, desde ahí, narró la violencia del pasado. “Escribo en el eco de una revuelta”, decía Rivera. Entonces, acá, la búsqueda personal en la que el trabajo social se complementa en el traslado a la escritura de la violencia política, tanto en las alcobas del poder y el autoritarismo como en las tragedias de lucha en que se formó. Así, desde la miseria lacerante, todo un frente, quizá se puede entender y habilitar su crispación. Estas cuestiones se suelen eludir, con frecuencia, en los acercamientos a su literatura. Sin embargo, es bueno advertir que reflexionar al respecto no es poco en una época donde, hasta no hace mucho, las discusiones literarias se formulaban únicamente en términos de discursos de la liviandad. El caso Rivera, con su coherencia en la orfebrería de escritura arrancándole la noción de “bello estilo” a la derecha, Borges como paradigma, y sus contradicciones personales y públicas refiere un desgarramiento de sinceridad inusual. La literatura puede no aportar, en lo visible e inmediato, a cambios sociales, pero tampoco es un oficio gratuito. Que un escritor consagrado, pasados los setenta años se aislara del previsible confort de intelectual integrado y proponga estos elementos a la discusión literaria, que nunca es sólo literaria, adquiere un fuerte sentido político, infrecuente, que conviene celebrar.

La novela que ahora retorna, El verdugo en el umbral, texto mayor y de madurez, se publicó a comienzos de los noventa. Como siempre, en sus narraciones, Rivera se detiene en la enunciación de los seres y las cosas, el hambre y un pan, lo que ver en un escote como un revólver viejo, los integrantes de una familia judía pobre como el olor de una vivienda, una familia y sus integrantes signados por un destino trágico, el desarraigo de los que vinieron creyendo un futuro portentoso y la realidad de un pogrom, los sentimientos y su materialización. Acá Rivera extrema sus procedimientos narrativos, ahonda en lo coral, los entresijos de la historia, va desde los orígenes de la Revolución Rusa siguiendo una historia familiar que atraviesa los sucesos públicos y personales, se pone como protagonista bajo un seudónimo. Nada de la violencia social le es ajeno, ni la Semana Trágica, los alzamientos reinvindicativos, ni la represión desatada por los niños bien de la Liga Patriótica. Ustedes se preguntarán seguramente cómo entra todo en una novela. Bien, Rivera lo prueba. Más vivo y vigente que nunca. Y cuestionador siempre.

Andrés Rivera (Marcos Ribak, su verdadero nombre) nació en Buenos Aires en 1928 y falleció en la ciudad de Córdoba en 2016. Obrero textil, periodista y escritor, comenzó a escribir a finales de los años cincuenta. Esos años componen un primer momento en su obra: El precio (1957), Los que no mueren (1959), Sol de sábado (1962) y Cita (1965). En 1972, aparece Ajuste de cuentas. Luego de esa publicación, Rivera se sumergió en el silencio durante diez años. Con Una lectura de la historia (1982), inaugura su segunda etapa creativa. En 1985 obtuvo el Segundo Premio Municipal de Novela por En esta dulce tierra, y en 1992, el Premio Nacional de Literatura por su novela La revolución es un sueño eterno. Títulos como El amigo de Baudelaire, La sierva, Mitteleuropa, El farmer, Nada que perder, La lenta velocidad del coraje, El profundo Sur, Tierra de exilio, Cría de asesinos, Hay que matar, Ese manco Paz, Esto por ahora colocan a Rivera entre los autores más reconocidos por el público y la crítica especializada.

AUTOR: GUILLERMO SACCOMANNO Escritor. Autor de muchas buenas historietas de Columba como SAM MALONE. Ganó un premio importante hace poco. (Publicado en la contratapa de ese diario/sitio digital que tanto nos gusta…criticar).-


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