En el país hoy se le da una segunda vida apenas al 1 por ciento de las 1.600.000 toneladas de alimentos que se desperdician por año. Es decir, solo se aprovechan 16 mil toneladas que no se venden o consumen por su circuito habitual, pero que todavía son aptos para comer. Estos ingresan, a organizaciones sociales a través de los bancos de alimentos. El 29 de septiembre se conmemora el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una fecha proclamada por las Naciones Unidas para visibilizar este problema global y promover soluciones sostenibles. En la Argentina, para las empresas es más caro tirar un alimento que donarlo.
Fernando Uranga, director general del Banco de Alimentos de Buenos Aires, explica que las donaciones de alimentos están regidas por la Ley Donal, que exime de responsabilidades a los donantes en la medida en que lo hagan a través de las organizaciones especializadas para esto. “También hay una oportunidad en los incentivos fiscales y económicos para las empresas: modificar el tratamiento del IVA sobre los alimentos donados. Hoy, cuando una empresa descarta un alimento y lo envía a disposición final, puede recuperar el IVA asociado a ese producto, asegura. “Ahora bien, cuando se dona un alimento, lamentablemente, no se puede tomar el IVA. Con lo cual, para una empresa que no tuvo ganancias, como pasó en algunas empresas los últimos años, evidentemente, es más caro donar un alimento que tirarlo”.
Países como Colombia, Brasil y Chile están dando incentivos económicos para que las empresas donen sus productos. “Esto no solo genera beneficios económicos para el país sino que brinda oportunidades para el futuro, porque ese chico que está bien nutrido es un chico que puede estudiar y que luego entra en el mundo del trabajo”, remarca Uranga.
El modelo de trabajo de Banco de Alimentos incluye la distribución hacia 1300 organizaciones. Así es como llegan a los comedores y a hogares. Durante los 20 años de trabajo del Banco de Alimentos se rescataron 66 millones de kilos de alimentos y productos. Desde la institución, en 2020 se gestionaron 7,6 millones de kilos que iban a desecharse, entre los cuales un 20 por ciento fue de fruta y verdura.
Laura Gancedo es coordinadora del proyecto Plato Lleno, una ONG que tiene como misión rescatar alimentos y distribuirlos. “Las empresas no quieren dar alimentos por miedos legales. Este es la mayor traba con la que nos encontramos. Nuestro rescate es como un delivery. Nosotros rescatamos los alimentos y en quince minutos estamos en el comedor más cercano haciendo la entrega. Los rescatistas envasan todos los alimentos en bandejitas y los enfilman. Utilizan una indumentaria especial para la manipulación de los alimentos. Lo que llega es clasificado por los voluntarios que también revisan la inocuidad, que no haya nada vencido o que no tenga el empaque primario roto. El comedor nunca sabe de dónde viene el alimento, sino que el responsable es Plato Lleno”.
Todos los rescatistas tienen realizado el curso de manipulación de alimentos y eligen lo que rescatan y lo que no. Gancedo asegura que la mayoría de las empresas que tienen alimentos para destruirlos deben pagar porque no pueden donarlos o dejarlos en la puerta de la empresa o de un supermercado. Esa destrucción tiene un costo que siempre es muy elevado. “Consideramos que la persona que tiene el alimento es responsable de ese alimento y está solicitando un servicio de rescate. Entonces, le pedimos una contribución económica al solicitante, en este caso, que es a quien pide el rescate, más que nada para cubrir gastos de logística, nafta y materiales, y no le cobramos al hogar o institución que recibe el alimento”.
Tirar sin conciencia
El desperdicio de alimentos también ocurre puertas adentro. Una medición realizada en hogares urbanos de la Argentina registró un promedio de 71,9 kilos descartados por persona al año, casi 200 gramos por día. El estudio, elaborado por el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI) en el marco del Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicio de Alimentos, puso una balanza donde hasta ahora había, sobre todo, estimaciones y percepciones. La diferencia entre ambas es reveladora: el 63,1 por ciento de los encuestados cree que en su casa se desperdicia poca comida, pero el pesaje arrojó un promedio de 198 kilos por hogar al año. El principal motivo declarado fue el deterioro durante el almacenamiento, mencionado por el 76 por ciento de los hogares. También aparecen las porciones que se preparan de más, los productos que vencen y la comida que queda en el plato. Las frutas y verduras encabezan la lista de alimentos que los participantes dijeron descartar.
El estudio calculó que se descartan 71,9 kilos de alimentos por persona al año. Pero esa cifra no equivale a 71,9 kilos de comida aprovechable: también incluye cáscaras, huesos y otras partes que los hogares suelen tirar. Según el informe, el 58 por ciento del peso corresponde a esos descartes habituales; el 28 por ciento, a alimentos que normalmente se comerían pero terminaron desechándose; y el 14 por ciento, a líquidos.
En los grupos de conversación del estudio surgieron escenas conocidas: una sobra que tapa otra en la heladera, una compra olvidada al fondo de la alacena, fruta que madura antes de que alguien la coma. Tirarla provoca bronca por la plata gastada y, en algunos casos, culpa frente a quienes no tienen qué comer.
