El interrogante nos cae sobre la mollera: la Argentina, ¿por qué sigue en pie si ha hecho de la decadencia una costumbre? A continuación nos agarramos de los güevos y de las güevas: ¿por qué nos encariñamos con la desesperanza? ¿Por qué, si esta patria casi perdió hasta el apellido en estos años de obscena entrega desde adentro y de descarado saqueo desde afuera? A ver, ¿por qué no desaparecimos ya del mapa si venimos malvendidos, loteados, colonizados hasta el tuétano de la médula y, sobre todo venimos hincados y cholulos, trabajados para hacernos gárgaras con el mal supremo: la desesperanza?
Estos interrogantes atraviesan generaciones, y estamos acorralados, anegados de autodefiniciones, y de presagios. Padecemos un ánimo apocalíptico; las palabras están al servicio de lo funesto. Por donde se nos mire. “no hay arreglo, ¡estamos tocando fondo!”. Esta bendita frase esconde un atajo de falso optimismo: “Nunca se vio algo así” y “Peor no podemos estar”. La jodida afirmación intenta coronar épicamente, con un gran final, las sucesivas décadas de empeñosa decadencia.
Por generaciones nos enseñaron que nacimos “condenados al éxito”. Aquí el que no es campeón mundial de algo, es un güevonazo, por no decir que es, en fin, es un reverendo pelotudo. Pero una y otra vez incurrimos en la presunción de ser los mejores del mundo. A los espasmos de éxitos deportivos no los supimos asimilar. Demasiado con el talento de los Fangio, los Maradona, los Ginóbili, los Vilas y últimamente los Messi. Una y otra vez la realidad se estrelló en nuestra mollera, que no termina de cerrarse. Y empezamos a darnos cuenta de que no éramos los supremos.
¿Tarde para reaccionar? Quién sabe. Acto seguido comenzamos a flagelarnos: nos creímos los más peores del mundo. Nos regodeamos en la autoflagelación, pero enseguida encontramos consuelo al descubrir que éramos el país más inexplicable del planeta. Otra vez “los más”. Siempre sacando pecho. Nos encanta ser “inexplicables”. Pero no hay caso, lo sencillo no nos apetece. Damas y caballeros: ser argentino es algo que le puede pasar a cualquiera.
El caso (¿la casualidad?) nos dice que esta Argentina ¿nuestra? sigue con pulso. La esperanza todavía late. Y si el pulso continúa es porque hay una pulseada. Por décadas, hicimos mérito para irnos a la cloaca del abismo; es decir, a la misma mierda.
Ojo: si allí no fuimos a parar es porque hay “otros” argentinos, aparte de los desopilantes, de los insolidarios, de los usureros, de los que analfabetizan sin dar ni darse respiro, de los que prefieren la comodidad de la “Mano Fuerte” y quieren convencernos de que tener esperanza es una puerilidad de sonsos ilusos.
Además del cómodo hábito de decir que “ya tocamos fondo”, uno de nuestros fáciles lugares comunes consiste en decirnos que “lo que aquí pasa” se debe a que es que “carecemos de ejemplos” ¡Otro cómodo error! Porque –no nos engañemos–, buscamos los ejemplos entre los exitosos encumbrados, entre los personajes que están en el bronce, o están en la vidriera de los triunfadores, o, tantas veces, en la pasarela de la alcahuetería.
No bajamos el precio: para referentes buscamos héroes, nos fascinan los grandes personajes que producen hazañas, y caemos en lo de siempre: nos decimos que, “aquí lo que pasa es que no tenemos ejemplos”. Y agregamos: “porque todos los políticos son una manga de corruptos”. Esta generalización esconde otra comodidad: decidimos en un minuto que nada peor nos puede suceder, y claro, a continuación vendrá aquello de la mágica capacidad de recuperación argentina. Y seguimos buscando héroes.
Pero resulta que a los héroes los tenemos más acá de nuestras narices. Por favor, pido pausa. Pensemos: ¿el promedio de corrupción que, cómodos, le atribuimos a los políticos acaso no es idéntico al que lucen los abogados, los tacheros, los arquitectos, los comerciantes, los odontólogos, los plomeros, los ginecólogos especialistas en cesáreas?… Ah, me olvidaba, y los periodistas.
Consideremos que hay otra Argentina. Es un país traspapelado, sufriente, desesperado, siempre intenso; es un país con seres formidables que no se dan por vencidos. Y a estos no los conoce ni Dios. “Ellos” son los primordiales, se inventan desde la calamidad, sueñan a rajacincha, no deponen el corazón. Y aquí tenemos la respuesta a nuestras preguntas de apertura. Si todavía no desaparecimos del mapa, si ya no nos fuimos al carajo es por la existencia de “ellos”, los primordiales. Y si algún día, cercano o lejano, salimos a flote, será por “ellos”, justamente.
Como ejercicio de ciudadanos hagamos una prueba. Busquemos a nuestros verdaderos héroes. Son como linternas, nos alumbran la obstinada noche.
Solemos decir, justificando nuestras aflojadas y corrupciones cotidianas, que “lo que pasa es que aquí no hay ejemplos”. Joder. Los ejemplos que tanto reclamamos están aquí, al ras del suelo. Aquí abajo hay otros habitantes, creativos, ejemplares, primordiales. Ellos son los que sostienen la gran pulseada. Contagiémonos de su poderosa perseverancia. Vayamos por “ellos” y con “ellos”. Y metámosle. Ellos siguen alzando cada día a la esperanza. Saben que la esperanza es un trabajo. Y sienten que los verdaderos héroes viven por acá cerca. Ahí los tenemos: ejemplares, sencillos, tenaces. Así es: ¡están más acá de nuestras narices! Por ahí, en una de esas, descubrimos que el héroe ejemplar es un hermano, o nuestros padres, o un abuelo, o el vecino de la otra cuadra. Por ahí, quién sabe. En una de esas tenemos, aquí abajo, enormes ejemplos. Como el de aquel hachero que hace años conocí en el Chaco, en Pampa del Infierno. Durante más de cuarenta años pugnó por conseguir un maestro para que les enseñara a leer a sus hijos y nietos. Hasta que lo consiguió. Don Valentín Céspedes, el hachero, nunca fue a la escuela, solía decir con toda naturalidad: “Yo tengo fe. Cuando pierdo la fe tengo esperanza. Por último, cuando no me queda nada: yo tengo fe en la esperanza”. Se trata de un ser que, aunque no lo dice con palabras, sabe que ser argentino es algo que le puede pasar a cualquiera.
* zbraceli@gmail.com (Rodolfo Braceli, periodista).-
