Domingo Faustino Sarmiento (San Juan, 15 de febrero de 1811 -Asunción del Paraguay 11 de septiembre de 1888) Sarmiento confiesa que a los veinte años sus costumbres eran más o menos como las de todos los jóvenes. Entonces tuvo su primer romance. La chilena Jesús del Canto, también de veinte años, fue la madre de su hija Faustina. Hija amada que lo acompañó hasta el fin de su vida y aseguró su descendencia. Jesús del Canto murió al poco tiempo de nacer la niña que fue criada por su abuela materna doña Paula Albarracín.
Al comenzar su segundo destierro en los inicios de la década del cuarenta, Sarmiento es acogido en Chile en la casa del anciano y opulento don Domingo Castro y Calvo casado con Benita Martínez Pastoriza. Sarmiento era habitué e íntimo de la familia. En 1845, año del Facundo, Sarmiento partió de Chile rumbo a Europa. El 25 de abril de ese año nace Domingo Fidel Castro y Calvo, Dominguito. En 1848, Sarmiento regresa. El viejo marido ha muerto y se casa con la joven viuda. Benita poco tenía de hermosa, era más bien fea. Pero buena patriota, ofreció un hogar y un lugar de reunión a los desterrados en Yungay, su finca.
Profesó un obsesivo amor maternal. Pero sufría la enfermedad de los celos: ni a sol ni a sombra dejó en paz a su marido. En el teatro, en las calles, con las «beldades» de la sociedad chilena o las negras de servicio, le hacía imposible la vida. En una carta a Mitre, Sarmiento se declara «alegre en la prisión de Yungay»
, retiro donde escribió algunas de sus mejores obras (Recuerdos de Provincia) y padeció la furia de Benita que era capaz de gritar y romper vidrios con el mayor estrépito. Cuando en 1852, se enrola en el Ejército Grande que derrocó a Rosas se sintió libre, también, de la tiranía de su esposa. Pero al regresar a Chile entró en un período de crisis. Se siente un muerto político. Para mostrarse a la faz pública, robustecer relaciones políticas y librarse de la prisión de la celosa Benita, logra regresar a Buenos Aires en 1855. Lleva vida soltero, hasta que en 1857 trae a su esposa. Poco tiempo duró la unión con su mujer y, en adelante, iba a vivir siempre con la sensación de que «la fea lo persigue»
. Con criterio actual, a lo mejor habría que considerar a Sarmiento una víctima de la violencia familiar.
Entretanto, había conocido al amor de su vida: Aurelia Vélez Sarsfield. Ella era veinticinco años menor y se mantuvieron unidos con muy pocos y alternados momentos de goce y encuentro, con ausencias y desgarramientos, hasta la muerte de Sarmiento. A los diecisiete años, Aurelia se había ido de la casa con el médico Pedro Ortiz Vélez, primo e hijo del secretario de Facundo Quiroga asesinado en Barranca Yaco. Se casan, pero a los ocho meses, acusada de infidelidad, el esposo la conduce a la casa de su padre y se la devuelve. Según la versión de Benita, «se casó embarazada de cuatro o cinco meses con un médico»
y este «mató, a los meses de casada, al que creyó autor de semejante infamia»
:
| «Pues bien -relata en carta a un amigo-, esta es la escoria que ocasiona mi desgracia. […] A los tres meses dos días de llegada. Para que Ud. se forme una idea de lo exquisito de mi vida. Vivo una casa de por medio de la de mi rival y viendo las señas que esa infame hace a mi marido y viéndolo a él entrar a la casa de ella; sólo viene a mi casa en el momento de comer». |
Esto ocurrió, probablemente, entre 1858 y 1860. Escapando del infierno, Sarmiento se hace nombrar interventor militar en San Juan (guerra contra el Chacho) y en 1863 consigue la designación como Ministro Plenipotenciario en Estados Unidos. En sus cartas a Mitre habla de «la embriaguez que hace olvidar las penas»
; cuenta que intenta galvanizarse un momento y «volver a sentir mi corazón palpitar»
. «Estoy enfermo
-declara- y con el espíritu decaído»
y observa su vida «con negro horror»
. Su sordera aumenta día a día, se siente viejo.
Aurelia había conquistado su corazón. Sabía inglés, tocaba el piano, se consideraba literata y era una mujer política, una «sufragista». Fue, a lo largo de su vida, una incesante viajera o tourista. Recorrió Europa, Palestina, Egipto, Montevideo, Río de Janeiro, Córdoba. Siempre dispuesta a ayudar o acompañar a Sarmiento.
La primera carta de Sarmiento, sin fecha, corresponde sin duda al momento de la huida a San Juan. Se siente obligado a «meditar» para contestar la «sentida» carta de Aurelia. Ante la pasión de la joven reconoce que ha debido «tenerse el corazón con las dos manos»
para no ceder a sus «impulsos». Se autorreferencia como alguien que medita y no obedece al corazón para no entregarse a los impulsos tiernos, para «cerrar la última página»
de «dos historias interesantes»
. «La que a usted se liga era la más fresca y es la última de mi vida»
. Dos historias se cierran: una, con el divorcio de Benita; otra, la de Aurelia, es la última de su vida. El clímax de renuncia se refuerza: «Desde hoy soy viejo»
.
En 1868, mientras regresaba de Estados Unidos para ser presidente de la nación, escribe un diario de viaje. Dedicado y dirigido a Aurelia Vélez, el texto reconstruye un nuevo relato de su vida Mi destino hanlo, desde la cuna, entretejido mujeres, casi sólo mujeres y puedo nombrarle una a una, en la serie que, como una caden a de amor, van pasándose el objeto de mi predilección»
. Se percibe feo, desfavorecido por la naturaleza, pero, dice, «sentí siempre a mi lado una mujer atraída no sé por qué misterio […] Debe haber en mi mirada algo profundamente dolorido que excita la maternal solicitud femenil»
.
En este curioso diario, cuenta a Aurelia, su intimidad con Ida Wickersham y la justifica como impuesta por «cierta fatalidad feliz»
. Es su profesora de inglés y le ha enseñado el idioma «en interminables coloquios, provocados ex profeso para enseñarme a hablar»
. La presenta esbelta, pálida, casi morena, con belleza de reina. Disimula sin embargo ante su amiga porteña el verdadero carácter de la relación6. Pero corresponde al tema de la carta de amor que ya vamos a tratar.
Por ahora, resulta interesante marcar el simbolismo latente en el texto de Sarmiento. Su vida ha sido entretejida por mujeres. La figura sarmientina nos plantea una simbólica del tejido. Vivir, equivale a ser tejido por una potencia misteriosa que trama el tiempo y la vida. Cada vida sería así un texto. Todo viviente sería resultado de sus propios actos y de otra cosa que lo teje, lo encadena y lo une indestructiblemente a su propio pasado y ese es su costado trágico. Ser tejido lo ajusta como unidad viviente que ha sido producida y «diseñada» por un poder superior: el imaginario discursivo de su cultura. Parece que toda existencia histórica implica una articulación, una trama. Los hilos proyectan y ligan. Es decir, para existir hay que estar unificado e integrado. ¿Es la mujer el principio que unifica e integra vida y obra en Sarmiento? ¿Es la cadena de amor que lo ata y desata como ser viviente?
Esto nos conduce a la primera mujer en la cadena de amor sarmientina: su madre, doña Paula: «La madre
-desgrana en Recuerdos de Provincia– es para el hombre la personificación de la providencia, es la tierra viviente a que adhiere el corazón, como las raíces al suelo»
. Esa mujer industriosa representaba para Sarmiento un anticipo de la mujer de la sociedad nueva porque «podía contar consigo misma para subvenir a sus necesidades»
. Pobres o criadas en la opulencia, esas mujeres provincianas se entregaban al trabajo en un clima igualitario. El trato de su madre con la zamba Toribia, una criada que no «podía prescindir» de tener hijos «no obstante la santidad de sus costumbres»
, era el de «dos amigas»
, «dos compañeras de trabajo»
que reñían, disputaban, disentían y cada una «seguía su parecer, ambos conducentes al mismo fin
La madre es, pues, la que entreteje su vida: «La casa de mi madre, la obra de su industria, cuyos adobes y tapias pudieran computarse en varas de lienzo tejidas por sus manos»
.
La madre encabeza, entonces, la serie de mujeres de la familia. En esta hilada de la trama son muy importantes las hermanas, especialmente Bienvenida, su hija Faustina, su nieta Eugenia. Todas se distinguen por una presencia activa, por su inteligencia y por su dedicación a la enseñanza o al arte.
En 1836, doña Tránsito Oro de Rodríguez, dama piadosa y opulenta, le encargó la educación de su única hija. En 1840, Sarmiento pide la mano de la joven. Para eso escribe una carta a la madre. Sabe que no podrá contestar a las objeciones que van a oponerle. Precipita de antemano el desenlace pues, aunque no espere un resultado feliz, desea salir de la triste incertidumbre que lo atormenta. En efecto, Elena Rodríguez joven se casó con otro.
En 1839, apoyado por doña Tránsito y con el auxilio de su hermana Bienvenida había fundado el Colegio de Señoritas de la Advocación de Santa Rosa de América. Se conserva la constitución o reglamento escrito de puño y letra por Sarmiento en que se propugna una educación que combina ciencia, arte y labores, prácticas piadosas no compulsivas ni absorbentes, lenidad en las penitencias y la institución del «premio» como aliciente. Dichas constituciones establecen el vestido blanco como uniforme «para inculcar en el aula el principio de igualdad social»
Ese fue el origen del guardapolvo blanco en las escuelas argentinas como símbolo de integración y unión del pueblo.
Pero sin sus amigas Mary Mann y Juana Manso, probablemente la historia de Sarmiento, y aun de Argentina, hubiera tomado otros rumbos.
Mary Peabody Mann (1806-1887), esposa del educador Horace Mann, propulsor de la educación popular y las escuelas mixtas, se encontró cinco veces en su vida con Sarmiento. La primera en 1847 cuando, de regreso del periplo Europeo, desecha el tipo de organización del viejo mundo y se deslumbra con las formas culturales y políticas de los Estados Unidos. Vuelve a verla, ya viuda, en 1865. Mary Mann lo presenta al filósofo Emerson, al poeta Longfellow, al hispanista Ticknor y lo conecta con el astrónomo Gould, fundador del Observatorio Astronómico de Córdoba y autor del primer mapa del cielo austral. Sarmiento la «considera encarnación del amor materno»
, su «ángel tutelar»
y siempre se consideró su «afectísimo amigo»
, «su invariable amigo»
. Fue su consejera epistolar durante la presidencia y lo consoló tras la muerte de Dominguito: «Espero con mucho interés sus cartas
-le confiaba- nunca más necesarias que ahora para fortalecerme y hacer menos penoso el desempeño de mis deberes
.
Otra corresponsal y amiga de Sarmiento fue Juana Manso (1819-1875). Autora de una Historia Argentina (texto escolar) y editora del Álbum de Señoritas (1854) y de los Anales de Educación Común (1865-1875), fue colaboradora leal y perseverante en la difusión de las escuelas mixtas. La correspondencia entre Sarmiento y Juana está referida siempre a la lucha por la educación común resistida por los sectores reaccionarios.
Juana Manso ofrece un caso extraño para su época: las cartas de amor entre mujeres. María Gabriela Mizraje, en el libro antes citado, sostiene que el «siglo XIX argentino conoció más de una manifestación de la sensualidad y afecto entre las mujeres, supo de una escritura idealista y cándidamente amatoria, de una retórica de clisé que autojustifica las expresiones amorosas no porque esté legalizando la homosexualidad sino porque todo lo que hay que temer del sexo existe en relación al varón, ya que ese es el único sexo posible»
.
Sarmiento vindicaba a la mujer «como inteligencia más que como seducción de los sentidos»
. Ese postulado construye la dialéctica de sus cartas de amor en que se descarna el permanente conflicto entre la pasión amorosa y los códigos del honor y la moral. Su intento de practicar libremente su erotismo, lo convirtió en objeto de difamación y escándalo. La seducción, que ya etimológicamente se relaciona con «separar», «desviar», se configura mediante la ocultación y el secreto. A pesar de ese rasgo peculiar, ofrece siempre flancos vulnerables sobre todo cuando se trata de un hombre público y comprometido con cambios profundos. Sarmiento llegó a clamar: «Seguramente se meten en mis sábanas porque es la forma más eficaz de destruir a un hombre»
.
De ahí que sea interesante considerar algunos aspectos de la carta íntima que, por corresponder al orden de lo privado, no es escrita para ser publicada y constituye, por lo tanto, un género discursivo primario, o sea, sin intención literaria. Su formato es fijo: la fórmula comprende siempre sólo un emisor y un receptor que difícilmente compartan su contenido con un tercero que, en todo caso, quedará comprendido en el secreto. Como en una carta de amor no se puede no decir yo, la autorreferencialidad es un rasgo pertinente. El yo es observador y observado, es juzgado, compadecido o comentado por él mismo: el enunciado es significante vivo del enunciador. Es una estructura va-i-vén en que el yo va y viene sin cesar desde-hacia sí mismo. Alberdi sostenía, en La Moda, que la carta es una visita a un ausente. En la carta de amor el síndrome del yo emisor es una aguda sensación del cuerpo de la amada, de la mujer determinada a la que va dirigida. Pero la respuesta será siempre diferida y reducida a la mera palabra sin voz, sin conversación.
Sarmiento era un gran corresponsal. Sus cartas ocupan varios tomos en las obras completas. Pero, como parte de la lucha política, llevaban implícita la intención de hacerse públicas, de alcanzar a todos sin distinción de receptores. Son cartas al borde de la literatura. Cuando uno se comunica por escrito no tiene más remedio que servirse del lenguaje y por lo tanto se deslizará siempre por una zona resbaladiza que puede impulsarlo a la intención literaria.
Ahora bien, sus cartas amorosas han sido veladas pudorosamente por sus biógrafos (Lugones, Rojas, Palcos). En el Museo Sarmiento, existen gran cantidad de cartas resguardadas de «otros ojos».
Cuando la revista La Quincena publicó en 1894 las cartas que vamos a comentar, Augusto Belín Sarmiento, nieto y editor de gran parte de la obra completa, negó la autenticidad de la primera carta. Los editores publicaron la versión facsimilar por toda respuesta.
Las cartas de Sarmiento y Aurelia Vélez insisten con frecuencia en la necesidad de cautela. La misma comprendía a los actores y a los curiosos. No debían caer en manos de personas peligrosas para el prestigio de ambos. Téngase en cuenta que en ese tiempo los portadores de cartas eran viajeros en los que se pudiera depositar la máxima confianza y nadie estaba seguro de que el incipiente correo entregara la correspondencia directamente al destinatario.
Nuestro acceso a las cartas amorosas publicadas es, sin dudas, una forma de transgresión. Por otra parte, el destino de los originales es incierto: pudieron perderse, romperse o puede haber operado sobre ellos la censura. En cierto modo, publicar y leer cartas íntimas no sólo es una transgresión sino, a la vez, una agresión. Por otra parte las cartas están sujetas a la manipulación, selección y censura del editor. Los sentidos son los autorizados por el compilador cuya intermediación es incapaz de dar razón de las lagunas de un texto que no está dedicado a todo público. El lector debe hacerse baquiano en elipsis y sobreentendidos. Las entrelíneas ocultan intenciones secretas, alusiones casi imperceptibles para el mirón ajeno a lo que no puede ser sabido nada más que por los sujetos de ese diálogo diferido. En carta del 29/03/1868 Ida Wickersham, le cuenta que tiene el tiempo justo para: a) «escribir estas líneas a solas»
. Es una especie de encuentro furtivo y fugaz con un cuerpo ausente; b) las escribe «sólo para nuestros ojos»
; c) sería peligroso que se mostrara a los «ojos de los otros»
. Escribir largo puede dejar hendijas para la mirada curiosa de otra persona.
Ida Wickersham tuvo un breve contacto íntimo con Sarmiento. El resto es ausencia, separación de los cuerpos y la voz, y la necesidad imperiosa del aliento impreso en cartas. El 30 de setiembre de 1866 envía la primera carta a Sarmiento; la última, el 23 de abril de 1882. Las respuestas la hacen sentir feliz y se representa como incesantemente enamorada, entregada: «Soy como siempre suya»
; «Recuérdeme como la misma de siempre. Suya»
; «Soy suya, toujours, toujours»
. Para salvar la relación, acude a los más tiernos recuerdos, le representa sus encantos de mujer. En cierto momento, cuando Sarmiento era presidente, le pide que la incluya con las maestras que la señora Mann selecciona para Argentina. En otros, le pide que vaya a EEUU: «¿No sería agradable abandonar por un rato los asuntos de Estado y gozar de una aventura amorosa por las orillas del Brandywine?»
.
Las cartas de Sarmiento se han perdido. En las de Ida, cuando se exagera la intimidad, aparece desgarrado el papel y borroneados los párrafos comprometedores. Seguramente algunas cartas se extraviaron y otras fueron discretamente destruidas. En realidad las respuestas de Sarmiento implícitas en las cartas de Ida, revelan al hombre viejo, importante, obligado a la reserva y la prudencia. La impresión es que Sarmiento se esfuerza, a veces, por enfriar a Ida. Se daba cuenta que la distancia no llevaba a nada, le sugería que había resuelto apartarse de ella, que la estaba olvidando.
Ida era una joven puritana, casada con el doctor Wickersham y en 1865, cuando conoció a Sarmiento, tenía veinticinco años. Sarmiento tenía cincuenta y cuatro y andaba abrumado por la separación conflictiva de su mujer y los celos que le despertaba Aurelia Vélez.
El estilo del contacto entre Sarmiento e Ida puede ofrecer un ejemplo del funcionamiento de la insinuación como estrategia discursiva. Sarmiento escribía inglés con muchas incorrecciones. Ida, su maestra, se encargaba de la versión publicable. En 1867, Sarmiento escribe un artículo cuyo título traducido es «Puritanismo y whisky». Allí sostiene que el puritanismo es antivital, que los educados en la negación del goce de vivir no tienen más remedio que recurrir al alcohol y alaba la belleza de la mujer como una creación divina.
Ida corrige el texto y aclara: «aunque me obligan a someterme a las leyes de la sociedad creo que me gustaría una vida ardiente y salvaje, libre de sujeciones. De alguna manera me revelo contra la ley y el orden»
(Anderson, 44-45).
Cuando Ida se divorcia «declara haber sido abandonada sin ninguna razón porque desde su casamiento en 1861, se ha conducido como una esposa fiel […] soportando los defectos y errores de su marido y esforzándose en mantener la felicidad del hogar»
. El marido no respondió a la demanda y el juez dio la razón a Ida.
Sarmiento, en la base del busto de la Venus de Milo que compró en París, grabó esta inscripción: «A la grata memoria de las mujeres que me amaron y me ayudaron en la lucha por la existencia»
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