Ahora cerró una etapa: se jubiló como maestra en la Escuela Primaria N° 53 Yapeyú, de Nogoyá.
«Fueron 21 años en la docencia. Soy docente de Educación Especial y me jubilo con 20 años de servicio y 45 de edad. En 1999 ingresé al Instituto Teresa de Ávila haciendo un profesorado de cuarto año Fue mi inicio», recuerda.
Su tarea docente la inició lejísimo de su casa, en Villa Paranacito, departamento Islas, en la Escuela Integral Nuestra Señora del Rosario, y, en paralelo, en la Escuela Secundaria N°2 Islas de Ibicuy. Después, en la escuela N° 3 Tempe Argentino, siguió en la Escuela N°4 Vicente López y Planes, en la Escuela N° 7 Juan Bautista Alberdi; siguió en la Escuela N° 14 Fray Mocho. Continuó en el departamento Nogoyá, en la ciudad de Aranguren, en la Escuela N° 102 17 de Agosto, y finalmente, en Nogoyá, en la escuela N°53 Yapeyú, donde se jubiló como Maestra Orientadadora para la Inclusión.
Silvina Buyutti es la primera maestra trans en Entre Ríos. La primera que titularizó su cargo. Pero en la historia de Silvina Buyutti no importa tanto el lugar que ocupa: si fue la primera o la segunda: importa el camino que recorrió. Empezó a trabajar a los 8 años en su ciudad, Nogoyá, y entonces no importaba qué tanto el cuerpo podía soportar: lo soportaba.
Empezó cargando cajones de verdura y limpiando el local de una verdulería, después buscó trabajo en un taller mecánico, más tarde se fue a una explotación apícola, cuidó chicos, fue panadera. Cuando supo que todo eso no haría sino marginarla más, se anotó, a los 18 años, para empezar a cursar la secundaria; la concluyó. A los 25, consiguió el título de maestra. Ejerció sus primeros años como docente con otra identidad.
Pero un día se sintió diferente. Fue diferente.
“Durante mi cursada del profesorado yo vestía… unisex, podría decirse. Pero tenía otro nombre, otra identidad. Cuando empecé la docencia, lo mismo. Pero en mayo de 2012, ni bien salió la Ley (N° 26.743 de Identidad de Género), al mes nomás ya hice el cambio”, recordó cuando se abrió a contar su historia.
Una risa alegre. “Fue justo en vacaciones de invierno… ¡no fuera a esperar ella… cambiarse de escuela… no… (rie)!… Terminé las clases con una identidad, avisé a los directivos, todo, hice el cambio y me reincorporé”, relata triunfal y convencida de una decisión que no admitía dilaciones. “A los chicos se les explicó que había una ley nueva, según la cual la persona, de acuerdo a como se sentía, tenía una identidad y había que respetársela. Que ahora me llamaba Silvina”, apunta.
Agrega entonces algo que ya se ha escuchado en estos casos y aplicado también a muchos otros: “Los chicos y chicas bien, ningún problema. Tal vez algunos colegas… pero los estudiantes bien”, repasó lo que pasó en aquellos primeros momentos.
“Y en lo personal, la verdad que no lo sentí muy grande al salto, porque en mi vida lo viví como un recorrido, como un proceso, una transición paulatina pero sostenida en el tiempo, que llegó cuando tenía que llegar. En lo legal sí, porque son muchos trámites, tiempo, papeles…”, narra Silvina, y se despacha con anécdotas burocráticas que en su momento le resultaron eternas pero hoy son motivo de risa.
“Llegué hace seis años a Aranguren. Antes trabajaba en Villa Paranacito. Tomo este cargo por concurso público y al poco tiempo también me hago cargo por tutela legal de mis cuatro sobrinos. Acá en la escuela todo el trabajo ha sido muy bueno, es un ámbito muy lindo y el ambiente es realmente reconfortante”, cuenta Silvina en la biblioteca de la Escuela Nº 102 17 de Agosto, de Aranguren, departamento Nogoyá, de las tantas aulas que recorrió.
Un día negro en su vida fue el 20 de junio de 2013. Su hermano Hugo Buyutti mató a su esposa y después se suicidó y sus cuatro sobrinos quedaron a la deriva. Entonces hizo lo que sentía que debía hacer: fue donde un juez y pidió la custodia. Le dieron la custodia. Y un día escuchó aquello que jamás pensó que iba a escuchar: que le dijeran mamá.
“Tenerlos fue lo que realmente me cambió la vida para siempre. Yo tenía mi historia, soltera, con mi trabajo… y de golpe… hacerme cargo de cuatro chicos, víctimas de femicidio, acompañarlos en las terapias, en sus vivencias, en sus procesos de duelo y de crecimiento a la vez. En ese momento me tomé un año para hacer todo eso de sostener y llevar una familia adelante. Porque armé una familia”, señala con firmeza.
