DILE COMO PROMPTEAS Y LA IA TE DIRÁ QUIÉN ERES.

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A finales de 2022, cuando OpenAI lanzó ChatGPT, millones de personas empezamos a usar un modelo de lenguaje por primera vez. No pasó mucho tiempo para que nos diéramos cuenta de que la calidad de las respuestas cambiaba muchísimo dependiendo de cómo se formulaba la pregunta. Muy pronto, personas que experimentaron con los chatbots más allá del uso cotidiano descubrieron que pequeñas modificaciones en el texto producían resultados completamente distintos.

De la noche a la mañana, internet se llenó de gurús vendiendo “guías de trucos” y listas con supuestos conjuros mágicos necesarios para hablarle a la inteligencia artificial. Prometían que cualquiera podía convertirse en prompt engineer y domar a la IA con fórmulas milimétricas como: “actúa como un experto en marketing global…”, “piensa paso a paso…”, “imagina que eres un profesor de Harvard…”

Lo cierto es que el prompt engineering sí tuvo utilidad. Ayudó a muchas personas a obtener mejores resultados con los primeros modelos y sentó las bases para prácticas que siguen siendo valiosas (dar contexto, definir el rol, especificar el formato, etcétera). Lo que cambió es que ya no es la habilidad casi mística que muchos vendían. Hoy, en 2026, la obsesión por encontrar el prompt perfecto se desinfló conforme los modelos aprendieron a entender mejor el lenguaje natural y a ser más intuitivos.

Pasamos meses puliendo textos eternos, metiendo variables entre corchetes y tratando a los modelos de lenguaje como si fueran software viejo. Hoy, es muy que claro que el verdadero valor no está en ‘copy-pastear’ un conjuro, sino en saber qué estás pidiendo y qué es lo que quieres lograr.

Por supuesto que el cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Ya no tenemos que redactar un testamento explicándole a Gemini con peras y manzanas cómo quieres que te presente la respuesta. Los modelos actuales entienden el contexto a la primera y, si algo no les cuadra, te vuelven a preguntar.

Es como pedir indicaciones en un GPS. Ya no tienes que decirle qué calles tomar; solo le dices a dónde quieres llegar. La ruta la calcula él. Con la IA pasa algo parecido: tú defines el destino y ella encuentra el camino.

Y aquí viene la parte incómoda. Ahora que la IA entiende mucho mejor lo que pedimos, ya no podemos escondernos detrás del “es que no hice el prompt correcto”. Si la respuesta es superficial, repetitiva o poco interesante, muchas veces el problema no está en la herramienta, sino en la pregunta. La IA dejó de ser un acertijo técnico y empezó a funcionar como un espejo: refleja con bastante fidelidad la claridad (o la falta de ella) de nuestras propias ideas. Plop.

Culpar a las habilidades de prompting por una respuesta genérica o con errores ya no aplica. Si el resultado de la IA es aburrido o irrelevante, es muy probable que tu idea original también lo sea.

El problema ya no es la falta de “fórmulas mágicas” de redacción, sino la falta de claridad conceptual. En un mundo donde la máquina puede ejecutar cualquier cosa en segundos, lo que realmente hace la diferencia es:

  • El criterio: distinguir lo extraordinario de lo simplemente correcto.
  • La formulación de problemas: encontrar la pregunta o el ángulo que nadie más está viendo.
  • La empatía: entender qué necesita, siente o espera una persona real.
  • El juicio: decidir qué respuesta vale la pena llevar al mundo.

Piénsalo así: dejemos de preocuparnos por cada maniobra para concentrarnos en el destino. Ya no se trata de mover cada palanca para ver qué funciona, sino de decidir hacia dónde queremos ir y por qué.

La democratización total de la IA significa que el mercado se va a inundar de contenido, productos y soluciones técnicamente “perfectas” pero conceptualmente vacías. Ya lo estamos viendo. Seguro te ha pasado: estás scrolleando en tu feed y, en un segundo, identificas un anuncio que está hecho con IA. No necesitas analizarlo mucho. Simplemente todos se ven iguales. Tienen la misma estética pulcra pero sin alma, los mismos textos predecibles, el mismo tono acartonado. Tienen una ejecución técnica impecable, sí, pero una intención nula. Son el resultado de personas que solo le dijeron a la máquina «hazme un anuncio de zapatos», sin aportar una pizca de criterio, originalidad o sustancia humana.

La muerte del prompt perfecto no es una pérdida; es una liberación. Nos devuelve el trabajo que siempre debió ser nuestro: pensar, curar, decidir y conectar. La próxima vez que estés frente a una IA, deja de preocuparte por la ingeniería de tus palabras. Respira, olvídate de los trucos y pregúntate, con total honestidad, qué es exactamente lo que quieres lograr. Tu intención es tu nuevo superpoder.

AUTORA: Ana Peña (Wired en español).-


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