Miguel Benasayag, filósofo argentino radicado en Francia, es autor de 40 libros, algunos de ellos en colaboración. El último título con su firma que Prometeo Editorial publicó en el país es La época de la intranquilidad. Lo escribió a cuatro manos con un pensador muy joven, Teodoro Cohen, nacido en 1997, doctorando en Filosofía de la biología e integrante del colectivo Malgré Tout (A pesar de todo), fundado a fines de los ochenta por Benasayag, poco después de su exilio. El intelectual dice que este trabajo es una suerte de “carta a los jóvenes”, a partir del encuentro de dos generaciones con maneras muy distintas de vivir la noción de futuro.
Benasayag suele trabajar mucho en Italia dando conferencias y cursos. Allí le preguntaban mucho por “los jóvenes y este mundo amenazante”. “Teodoro está en el colectivo conmigo, es un joven muy activo que hace muchas cosas con respecto a los migrantes. El colectivo les brinda ayuda de todo tipo: ocupar casas, estamos en contacto con el barco del Mediterráneo que va a recuperar a los africanos que caen del barco… de repente dije: ‘nosotros (Teodoro y él) pertenecemos a dos mundos diferentes’”, cuenta el doctor en psicología, epistemólogo e investigador en neurofisiología, que compartiera la prisión del Chaco durante la dictadura con Raúl Combis. .
“Mi generación fue la última que vivió en el mundo occidental de la promesa. Cuando yo empecé a estudiar medicina el cáncer iba a ser un recuerdo, la justicia estaba ahí, el feminismo iba a triunfar. Y él nació ya en el mundo del futuro-amenaza. No te podés proyectar, escuchás el canto de un pájaro y es una especie amenazada”, compara el filósofo. “Son cosas muy palpables; no solamente teóricas. Vas con tu hija al campo y ves un bicho y todo es amenaza, una intoxicación de Monsanto por todos lados. Hay algo en el mundo que soporta un nivel de tristeza muy grande. Yo no sólo nací en otro mundo, sino que fui totalmente protagonista de la idea de que íbamos a ganar, de que íbamos a modificar el mundo”, expresa Benasayag, quien militó en el PRT-ERP y estuvo preso durante cuatro años durante la última dictadura cívico-militar. En 1978 se exilió. Desde entonces vive en París.
La época de la intranquilidad nace, entonces, de un diálogo entre dos personas comprometidas social y políticamente separadas por 40 años de diferencia. Pinta una contemporaneidad atravesada por amenazas económicas, epidemiológicas, ecológicas y una violencia cotidiana. Pero, como es habitual en la filosofía de Benasayag, el ensayo no se queda en el pesimismo: hay una propuesta. Los autores invitan a una presencia activa, a un estar ahí, habitando la inquietud, permaneciendo despiertos, abiertos al mundo y a la existencia.
“Es una época en la que hay que estar un poco alerta. Tratar de no dormirse, permanecer un poco inquieto. Inquieto no quiere decir con miedo. Quiere decir tratar de estar despierto, pero no como tragedia, sino como algo fantástico. Esta época es muy dura pero a la vez tiene elementos fantásticos. Es peligrosa e interesante a la vez”, plantea. Lo que considera interesante es que es un momento en que ningún sentido está “impuesto”, lo que nos da un “protagonismo” del que no se podía gozar en tiempos más “estables y rígidos”.
-Aunque puede pensarse a esta época como apocalíptica, no faltan quienes dicen que hubo otras que también lo fueron, con las guerras mundiales, las dictaduras militares… ¿qué creés que la distingue, entonces? ¿Qué la hace tan dura?
-En nuestra posición yo me disputé un poco con Bifo (Berardi, filósofo italiano), amigablemente, porque él anda ahí gozando del pesimismo. Hice un artículo muy grande en el Corriere della Sera diciendo que no podemos darnos ese lujo aristocrático. Nosotros acá estamos y el asunto es por dónde sigue la cosa. Siempre hubo guerras, genocidios, exterminaciones en masa. Lo que pasa es que hubo tres grandes hitos históricos que cambiaron la cosa. Uno fue la ruptura del núcleo del átomo, o sea, la bomba. A partir de ese día la humanidad vive y vivirá para siempre con la amenaza de que puede ser destruida totalmente. El segundo gran hito es el ADN, en el ’53, cuando se abre la puerta para modificar desde adentro lo vivo. Hay zonas oscuras que no podemos entender: agarrás una célula madre y la hacés reproducir para que haga carne. La célula hizo carne, te la morfás pero nunca fue un bicho. Ayer di una charla sobre la interacción humano-máquina. Amistad, terapia. La tercera modificación es la IA. La humanidad sigue siendo tan pelotuda y tan fantástica como siempre; lo que uno quiera. Pero hay algo que modifica radicalmente lo dado. Por supuesto, el horror no lo inventamos nosotros. El problema es que estamos como monos con navaja, porque estas tres potencias están entre las manos de los peores que uno puede imaginarse, y no sabemos canalizarlas. En amistad intergeneracional, el libro lo pensamos como una carta para los jóvenes. Pensamos, en nuestro diálogo, ¿qué podemos decir? ¿Cuáles son las pistas de lo vivible, sin caer en rehacer quimeras y utopías de “todo va a ir bien”?. Me invitaron mucho del Vaticano, en la época de Francisco, y siempre lo que me molestó es que al final era el lado de la esperanza. Yo digo: “No hay esperanza, hay muchas cosas para hacer”.
-¿Qué podemos hacer?
-El acuerdo entre Teodoro y yo es: tenemos que poder poner el futuro entre paréntesis. Tenemos que asumir el presente. Porque no tenemos la más puta idea de lo que va a pasar; si va a haber destrucción, si va a haber un modo de sobrevivir, si va a ser la guerra de todos contra todos. Pero lo que sí sabemos es que hay cosas concretas para hacer en el presente. Si se ahoga alguien en el Mediterráneo nosotros lo salvamos, si hay una lucha por el femicidio o si hay experiencias ecológicas potentes… La verdad es que no es ni futuro-promesa ni futuro-amenaza ni no futuro tampoco, sino futuro entre paréntesis y asumir el presente sabiendo -y ese es el lado un poco mate amargo- que si hacemos todo bien no se sabe lo que va a pasar. Yo pasé casi 10 años en el PRT-ERP y siempre encontré gente que quería entrar, en los peores momentos. Ahora asumir el presente es más difícil; en este mundo es más difícil comprometerse que cuando te amenazan con matarte o con torturarte. Hace falta mucho coraje en esta época para asumir el presente cada uno en su lugar.
-¿Qué implica concretamente asumir el presente?
-Significa tratar de comprender… porque el futuro lo que daba para el Occidente era el sentido. El sentido de la historia, el progreso. Cualquier invento tecnológico, cualquier cosa así era hacia la liberación. Mismo la idea de justicia social estaba dentro del progreso, mañana. Hoy ese sentido no está. Entonces la cuestión es el cambalache, cada uno su verdad, el individualismo total o el relativismo cultural, cada cultura su verdad. Pero eso es la guerra. Entonces la cuestión es cómo nosotros podemos encontrar sentidos concretos que no dependan ni del sentido de la historia ni de Dios ni del individualismo mierdita. La idea es tratar de aprender a pensar en situaciones: los migrantes, el femicidio, la intoxicación de poblaciones por la deforestación y la fumigación. En esta situación no es lo mismo ser derecho que traidor, como dice un tango. Durante mucho tiempo lo que pasó fue una gran depresión, habíamos perdido el sentido de la historia y lo único que quedaba era una especie de individualismo horrible. Si asumimos el presente hay sentido, pero es un sentido sin promesa. Eso es lo que hay que bancarse y es duro. Yo me reproduje tardíamente y tengo dos nenas más o menos chicas, de 11 y 14 años, y no sé en qué mundo van a vivir. No es lo mismo destruir todo que la solidaridad, o agarrarte de la primera promesa pelotuda o una secta. Mucha gente por debilidad realmente estructural no se puede bancar esta época. Entonces el es el paraíso de los gurúes. Se puede comprender este caos, pero no se puede decir “1 2 3, acá está la solución”.
-Definís a esta época como la de la complejidad. ¿Por qué?
-La complejidad es lo que aparece materialmente cuando la modernidad patriarcal, binaria, etcétera, del hombre sujeto y el mundo objeto, toda esa cosa, ese mundo, encuentra un agotamiento porque la destrucción es más grande que lo que se produce. Nadie decide. La complejidad no es una teoría, es una realidad. A seguir viviendo, habitando el mundo y produciendo como lo hizo la modernidad occidental, la destrucción es total. Entonces, la complejidad quiere decir “no podemos más ir del punto A al punto B”. Hay algo del pensamiento del ingeniero que no va más. La complejidad quiere decir que hay cosas que son verdad, pero que también no lo son. Tenés que aguantar las contradicciones. El lado viril, conquistador de la modernidad hoy es pura destrucción. Y nosotros vemos los locos que siguen en eso. Milei, Trump, Netanyahu… claro que hay muchos poderosos que siguen en eso. Pero el mundo cambió. Ellos saben que hacen eso, pero a la vez saben que la complejidad es una realidad.
