Falta nada para el debut de la Selección Argentina contra Argelia en Kansas City, y el hincha local ya está haciendo las cuentas tradicionales para ver si llega. No nos referimos a calcular los puntos en la tabla o a ver si Scaloni juega con línea de cuatro, sino a calcular cuántos órganos vitales tiene que vender en el mercado negro para pagar tres noches de hotel tres estrellas sin desayuno.
La pasión no tiene límites, pero el bolsillo de los argentinos conoció una nueva frontera: el dólar mundialista. Ir a alentar a la Scaloneta hoy cotiza más alto que un monoambiente en Manhattan o que el pase de un delantero suplente de la liga local.
El “Hincha For Export” o el alquiler de pulmones
Según las agencias de turismo, un paquete básico arranca en los 1.755 dólares… ¡sin vuelo! Y si querés ir con todo resuelto, la joda te sale cerca de 5.000 dólares. O sea, por esa plata, en vez de ir a ver 90 minutos al Arrowhead Stadium (Primer estadio donde jugará la Scaloneta) repleto, te comprás un auto usado que —con suerte— te arranca tres de cada cuatro veces.
A este ritmo, las tribunas argentinas van a sufrir una mutación genética irreversible. Olvídense de la mística del hincha subido al para-avalanchas arengando a que el resto cante. Por ese valor, solo podrán ir los ricos y famosos, devenidos a la fuerza en hinchas, que aplauden con los dedos estirados para no arruinarse la manicura. Y si la gente de guita no llega a llenar la tribuna, la alternativa va a ser alquilar hinchas de países vecinos. Ya nos vemos contratando un contingente de canadienses de clase media para que canten “Muchachos” leyendo la letra desde una tablet, saltando con timidez y tomando agua mineral sin gas.
De hecho, la crisis ya se siente en la gastronomía infantil. En los McDonald’s de Buenos Aires ya se reportaron casos de chicos que, en vez de la Cajita
Feliz, le piden al cajero directamente la caja fuerte para poder empezar a financiar la platea alta detrás del arco.
Turismo aventura (y fiscal)
Para los que se autoperciben “turistas del fútbol” —esos simples aficionados que no tienen problemas de presupuesto porque viven en una realidad paralela— el plan suena idílico: “Viajamos, conocemos Kansas, de paso vemos el partido, tomamos un poco de sol…”. ¡Ma qué tomamos sol! Fuiste hasta el medio del mapa estadounidense, gastaste los ahorros de toda tu vida, te agarraste una insolación en el estacionamiento y encima perdimos 2 a 1 sobre la hora con un gol de Argelia de contraataque. Para sufrir así, nos quedábamos mirando el partido por la TV Pública mientras se nos congela la yerba.
Pero ojo, no todo es bajón. El fixture del Mundial trajo excelentes noticias para algunos funcionarios públicos y empresarios de empresas off-shore. Resulta que Panamá está ahí nomás de las sedes. Entonces, en una jugada de diseño estratégico, el viaje se justifica el doble: de paso que uno vuela para evadir impuestos, lavar algo de dinero y esconder patrimonio en una cuenta secreta, se hace una escapada en un Uber de lujo hasta la cancha.
El éxodo en el trencito de la alegría
Como el vuelo internacional promedia los 1.400 dólares y el “riesgo país” de nuestra billetera no ayuda, el hincha genuino ya está evaluando alternativas de transporte más nacionales y populares.
Las agencias ya no saben qué inventar, pero la hinchada ya armó el plan de contingencia: se irán en una caravana de cuatro trencitos de la alegría. Imagínense la ruta panamericana colapsada, cruzando el Amazonas y México, con el trencito comandado por un Spider-Man con sobrepeso, un trencito enganchado atrás del otro a 40 kilómetros por hora, y el chofer pidiendo una colecta para el peaje de Texas.
Los más rezagados ya están saliendo ahora mismo a la ruta para ir a dedo. Si tenés pensado ver el debut del 16 de junio, tenés que pararte en la General Paz hoy a la noche. Con suerte, si te para un camión que va para el norte, para el Mundial del 2030 estás llegando a la frontera con México.
En fin, se viene el debut y el país se paraliza. Algunos lo verán desde un palco vip en Kansas después de una escala técnica en un banco de Bahamas; otros, desde el trencito de la alegría varados en la aduana de Guatemala. Y la gran mayoría, lo sufriremos en el living de casa, tapados con tres mantas para ahorrar gas, gritando los goles un segundo más tarde por el delay del streaming y cruzando los dedos para que, por lo menos, la yerba no aumente antes del entretiempo.
AUTOR: Víctor Wolf.
