EL ALBUM PANINI DEL MUNDIAL 2026: EL TRIUNFO DEL TACTO SOBRE EL PIXEL.

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Un ruido seco, trac, un chasquido del papel desgarrándose. Como cada cuatro años —cuando parece que no, que esta vez no, pero sí, siempre sí—, los kioscos encuentran un horizonte de esperanza configurando sus propios brotes verdes. Y entre todo ese mar de gente se desata una de las formas más prolijas y civilizadas de la locura colectiva. El álbum del Mundial 2026, licenciado por los italianos de Panini —al menos, dicen, por un Mundial más—, se yergue como el gran chiche de la temporada.

Por acá, entre la muchedumbre de domingo del Parque Rivadavia y el entresijo de los grupos de WhatsApp con manijas del fulbo, la devoción laica del rectángulo de papel satinado y sus promesas mudas envueltas en aluminio brillante. Y en la cartografía del deseo, que amucha a pibitos y grandotes, a familias tiernas y a buscas vampiros, un muestreo amplio en el que, también, se cocinan las esperanzas de eso que llamamos Patria. Una entelequia de la que cada tanto, cada Mundial, nos acordamos un poquito más que de costumbre.

Y por ahí, de paso, un hitazo: la manía delicada y artesanal de un mundo que viene agotando su paciencia. Si la sobreexcitación por boberías de Bombardino Cocodrilo, la inteligencia artificial como fin y no como herramienta y los diversos usos misteriosos del “six seven” nos dejaron de cara a un cosmos juvenil que necesita más norte que antes, la liturgia del álbum y sus figuritas nos devuelven un poco de civilización. Orden, método y persistencia van a contrapelo de los 10 segundos alienantes del fucking trend de TikTok.

Y acá, ahora sí, las figuritas y su álbum, un cuaderno que este año, por la expansión de países participantes que impuso la FIFA desde Canadá, México y Estados Unidos ’26, se puso más gordo y más ancho. Hay más figuritas por juntar. Y el fetiche por lo físico, lejos de embroncarse, hace más grande también su zanahoria: joya, más figuritas por juntar. Por aquí anida uno de los últimos encantos del triunfo del tacto sobre el píxel. Para muestra, un botón: pasen un sábado, los días de fecha, por algún club de barrio y lo verán de primera mano. Pibes que quieren despachar su compromiso y ponerse a intercambiar figuritas. Padres que andan en la misma. La economía del intercambio genera sus propias reglas de mercado en las veredas, plazas y canchitas.

Entre las asambleas de desvelados y en el verdecer de convoyes espontáneos, surgen los comentarios que apuntan que el arquero marroquí Yassine Bounou (“Bono” para los amigos) tiene cara de tipazo, que el brasilero Gabriel Martinelli tiene al mejor dentista del mundo, que el senegalés Sadio Mané tiene sonrisa de chad, que en Estados Unidos hay un Diego Luna (llamado igual que el actor, pero este juega en Real Salt Lake), que algunos cracks como el paraguayo Ángel Romero o el colombiano James Rodríguez no tenían club cuando se mandó a hacer todo esto, que el alemán Nick Woltemade parece un hipster de esos que iban en 2013 a jugar ping pong al café San Bernardo, y que qué corno vio el iraquí Rebin Sulaka cuando le tomaron la fotografía que más tarde se convertiría en figurita.

Un repaso rápido nos pone de cara frente a delegaciones extrañísimas como las de CurazaoUzbekistánHaití o Cabo Verde. Entre sus páginas, una publicidad que inmortaliza para siempre al Pelao Khe —¡Qué envidia, Pelao, estar en un álbum de figuritas del Mundial!—. Y, sobre sus mañas, el curioso valor de cambio que tienen figuritas como la de Franco Mastantuono: parece que no será parte de La Scaloneta, pero hay algunos que ofrecen hasta 5 paquetes cerrados por su presencia en el álbum. Le pasó a Juan Román Riquelme en el Mundial de Francia ’98, cuando no fue convocado por Daniel Passarella y, aun así, figuraba en la nómina figuritera. Al revés, le pasó a Neymar este año, que después de la histeria colectiva sí fue convocado y muchos están haciendo su propio bootleg para adosar en las páginas oficiales de Brasil. Estos insólitos caireles del destino se transforman en fantasmas melancólicos que habitarán para siempre en el papel. El registro impreso de lo que pudo haber sido. Y de lo que será.

Y si llenar el álbum es una gloria, no llenarlo es parte del proceso. No pasa nada. Pasa de todo. La forma del destino que se juega en el fondo de cada sobre despliega la taxonomía del azar: la alegría efímera de la novedad y la pesadumbre horrorosa de la repetida. Y, por encima de todo, otra verdad bíblica que pasa, cuando todo esto pasa, y es que sí, es verdad, se grita cada vez que aparece la figurita de ese tal Lionel Messi.

HERNÁN PANESSI – Suplemento NO de Página 12.-


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