LA GRAN FARSA DE LOS EMPLEOS MODERNOS.

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Seguro conoces a alguien así. Tiene un cargo que suena importante, un sueldo que no cuadra con lo que hace y una agenda llena de reuniones de las que nunca sale nada concreto. Cuando le preguntas a qué se dedica, la respuesta es poco clara y vaga. Coordinador de sinergias. Consultor de estrategia digital. Gerente de cuentas globales. En una de esas con un par de copas confiesa entre risas que no tiene ni idea de en qué se le va el día. Que su trabajo, si desapareciera mañana, no lo echaría de menos nadie. Quizá ni él mismo.

Esa persona no es una anomalía. Es parte de una especie de legión silenciosa que habita las oficinas en distintas partes del mundo. El antropólogo David Graeber, fallecido en 2020, los llamó Trabajos de Mierda. Este antropólogo recogió cientos de testimonios y datos que confirman que entre el 37 y el 40 por ciento de los trabajadores en países del llamado primer mundo cree que su empleo no sirve para nada. Las encuestas de las consultoras YouGov y Schouten & Nelissen así lo avalan.

Graeber diferencia dos tipos de empleo que aunque parecen tener funciones similares no son lo mismo. Por un lado están los trabajos basura, aquellos que son necesarios, pero mal pagados y con condiciones precarias. Un barrendero, un guardia de seguridad, un cajero entran aquí. Por otro lado están los trabajos de mierda, aquellos bien remunerados, con oficina y prestigio social, pero completamente inútiles. Son funciones que si un día no están no generan ningún inconveniente, si un coordinador de comunicación estratégica o un consultor de recursos humanos desaparecieran, nadie notaría la diferencia.

Graeber clasifica estos empleos en cinco categorías. Están los lacayos, cuyo único propósito es hacer que otro parezca importante. Ahí entran recepcionistas sin teléfono o asistentes personales contratados solo para que el jefe presuma de subordinados. Están los esbirros, cuya función puede ser algo agresiva: teleoperadores que engañan engañan a personas para vender seguros o abogados corporativos que alargan litigios. Están los parcheadores, que remiendan problemas que nadie quiere resolver de raíz. Un programador informático explicaba que su trabajo diurno consistía en vincular sistemas de software que son incompatibles, mientras que por las noches, sin cobrar, desarrollaba tecnología realmente innovadora. Están los marca-casillas, contratados para generar papeles que certifiquen que la empresa hace algo que en realidad no hace y, por último, los supervisores innecesarios, cuya única tarea es vigilar a empleados que no necesitan vigilancia.

El daño no es solo económico. Quienes ocupan estos puestos incluso pueden llegar a sufrir ansiedad, depresión y un vacío que el salario no llena. En el siglo XIX, Dostoievski observó que la peor tortura para un prisionero era obligarlo a realizar tareas inútiles, como mover tierra de un lado a otro sin parar. Preferían morir antes que continuar. Hoy, millones de oficinistas viven una versión moderna de ese castigo, pero con aire acondicionado y café ilimitado todo el día.

El autor menciona el caso de Rachel, una prodigio de las matemáticas, quién aceptó un empleo en una aseguradora para pagar sus estudios. Su jornada consistía en copiar datos de un correo a una hoja de cálculo. Cuando no había trabajo, debía fingir que estaba ocupada. Una noche, tras unas copas con una amiga, acabó gritando que prefería el apocalipsis antes que volver a la oficina. Renunció al día siguiente.

Parece raro e ilógico, pero Graeber muestra como el sistema, además, castiga el trabajo útil. Cuanto más beneficia un empleo a los demás, menos se paga por él. Si los enfermeros desaparecieran, la sociedad colapsaría. Si los especuladores financieros se esfumaran, el mundo probablemente mejoraría. Pero no es así ellos cobran fortunas.

Graeber sostiene que estos trabajos no son accidentes. Cumplen una función política: mantener a la población agotada y sin energía para cuestionar el sistema. La tecnología ya eliminó millones de empleos productivos, pero en lugar de reducir la jornada laboral, los países ricos inventaron ocupaciones ficticias para disimular el desempleo.

¿Hay alguna salida para todo esto? Algunos encontraron la suya. El autor encontró el caso de Hannibal, consultor farmacéutico, quién dedica un día a la semana a redactar informes que nadie leerá. Con ese dinero financia un proyecto de diagnóstico barato para la tuberculosis en países pobres. Otro caso es el de Nouri, programador, empezó a sindicalizar compañeros y descubrió que la militancia le devolvió la salud mental que la oficina le robaba.

PUBLICADO EN NOTA ANTROPOLÓGICA.-

Fuente: Graeber, D. (2018). Trabajos de mierda: una teoría (I. Barbeitos García, Trad.). Editorial Ariel.

 


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