La muerte de Luana irrumpe en la sociedad como toda tragedia: desordena, conmueve y duele. Pero en ese mismo movimiento, casi de forma automática, se activa otra maquinaria menos visible y más peligrosa: la necesidad de construir sentido rápido. Y en ese apuro, muchas veces, no buscamos verdad. Buscamos un monstruo.
Hay un dato central que debería ordenar cualquier cobertura: el cuerpo aún no habló. Las autopsias, que constituyen un elemento clave para aproximarse a los hechos, todavía no han establecido conclusiones definitivas.
Sin embargo, el imaginario colectivo ya reconstruyó el caso. Ya hay escenas, móviles, culpables. Ya hay sentencia.
Esa anticipación no es inocua. Es la manifestación de una sed: no de justicia, sino de venganza. Una necesidad de “linchamiento” jurídico que se expresa bajo la forma de consignas punitivas, donde el debido proceso es percibido como obstáculo y no como garantía. La condena deja de ser el resultado de una investigación para transformarse en punto de partida.
En ese clima, parte del periodismo no actúa como contrapeso, sino como catalizador. Se labran hipótesis sin sustento firme, se jerarquizan versiones parciales y se conduce —de manera más o menos explícita— la opinión pública. Lo que se genera es un circuito de retroalimentación: el medio interpreta la emoción social, la amplifica, y luego esa misma emoción vuelve a presionar para producir más contenido en esa dirección.
El resultado es una espiral donde el morbo se convierte en combustible. Cada detalle, cada insinuación, cada reconstrucción especulativa suma intensidad a un relato que ya no busca esclarecer, sino sostener el interés. La verdad, en ese proceso, pierde centralidad frente a la eficacia narrativa.
La figura del “monstruo” aparece entonces como pieza clave. Ordena el caos, simplifica la complejidad y ofrece un blanco claro para la indignación colectiva. Pero también deshumaniza, clausura preguntas y condiciona la posibilidad de un análisis serio. Porque cuando todo queda explicado en la excepcionalidad del monstruo, dejamos de mirar las tramas más profundas que rodean el hecho.
La justicia, en cambio, exige otra lógica. Requiere tiempo, pruebas, contradicción, método. Requiere, sobre todo, resistir la presión de una sociedad que ya decidió antes de conocer.
La filosofía ha advertido durante siglos que la verdad no es inmediata ni transparente. Es una construcción que demanda rigor. El periodismo, si pretende estar a la altura, no puede renunciar a ese principio en nombre del impacto.
Frente a la muerte de Luana, el desafío es claro: no alimentar la sed, sino interpelarla. No producir monstruos, sino buscar hechos. Porque cuando el relato reemplaza a la evidencia, y la emoción a la razón, lo que se pone en riesgo no es solo la calidad informativa, sino la propia idea de justicia.
AUTOR: Aldo Moretti (Enfoques comunicación).-
