UNA TRAVESTI EN EL CENTRO CLANDESTINO POZO DE BANFIELD.

travesti

Un Falcon, un Ford Falcon amarillo repleto de sangre. Sangre en el baúl, en los asientos.

“Era tanta la sangre en ese auto esa vez que con el Negro poníamos la mano, el brazo, así de costado, y la empujábamos para que cayera”, dice Julieta.

“Lo lavamos acá; ahora está todo tapado, pero antes acá había dos fosas. Los autos entraban directo por ese portón verde; venían llenos de barro, en las ruedas, y adentro siempre tenían sangre y ropa, ropa rota y manchada”, cuenta, parada en el centro del patio del ex Pozo de Banfield, uno de los Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio que funcionaron en la zona sur del conurbano bonaerense durante la última dictadura cívico-eclesiástico-militar (1976-1983).

Julieta Alejandra González, alias “la Trachi” o “la Trachyn” —“es lo mismo, como prefieras”, dice—, es una mujer trans de 67 años que, entre junio de 1977 y junio de 1978, estuvo detenida, poco más de quince días, en el Pozo. Tenía entonces 19 años, 20 quizás.

Las fechas, los años, son imprecisos porque no existen registros oficiales. El terrorismo de Estado operó en la clandestinidad y los represores se encargaron de destruir prácticamente toda prueba. Pero también porque, para las travestis, las noches en prisión han sido históricamente más que las vividas en libertad. La exclusión social y la violencia estatal atraviesan las vidas travestis-trans desde antes, durante y después de la dictadura.

“Nosotras estábamos acostumbradas a ir presas; el maltrato era constante, siempre nos insultaban, nos pegaban, nos abusaban. No podíamos negarnos. En esa época era como ‘normal’. Antes de los militares, los policías ya eran nuestros verdugos, y después lo fueron más”, dice Julieta.

— ¿Cómo fue que te trajeron detenida a Banfield?

— Yo estaba con el Negro, que en esa época se llamaba Claudia, con la Judith y la María Suspiro, trabajando en Acassuso, en zona norte. Yo soy del Tigre y siempre trabajé por ahí. Esa noche me resistí a subir al patrullero porque había estado presa unos días antes. Me agarraron de los pelos para poder meterme; pensaban que tenía peluca. Cuando se dieron cuenta de que era pelo realmente mío, amenazaron con pelarme. Nos llevaron a San Martín, como otras veces, pero a la madrugada nos dijeron que no nos querían ahí y nos anunciaron un traslado al Área Metropolitana. Viajamos mucho esa noche. No sabíamos a dónde nos llevaban. No sabíamos qué era el Área Metropolitana. En esa época, las travestis no salíamos a la calle ni a comprar el pan, solo a la noche, a trabajar. Yo a Banfield lo conocí de grande. Una vez que estaba mirando la televisión mostraban esto desde afuera y decían lo que había pasado acá, y yo ahí me acordé y dije: ¡pero yo estuve ahí!

Ahí, una madrugada entre el 77 y el 78, atravesando el portón verde, a la izquierda, una oficina con militares“Pórtense bien, chicos, y no va a pasarles nada; todo lo que escuchen nos lo dicen”, les ordenan.

En el primer piso, un pasillo largo y muchos calabozos. Hacia el final, una celda con techo de rejas y, en una esquina, una letrina blanca. La puerta de la celda tiene un pasador que abre hacia el lado contrario de todas las demás. Los policías les tiran a las cuatro travestis dos colchones azules de lana, enrollados. Al abrirlos se ven pelos y coágulos de sangre. Los militares se enojan con los policías. Reclaman otros colchones. Las travestis los apilan en un costado. Al amanecer las bajan al patio. A Claudia, a Judith y a María las ponen a picar ladrillos. A Julieta la llevan a una cocina con ventanas sin vidrio, donde tiene que preparar mate cocido para el desayuno de los uniformados.

“Me preguntaron si sabía cocinar; yo dije que sí porque en mi casa yo le cocinaba a mi mamá y a mis hermanos; yo tengo seis hermanos. Bueno, y porque vi que a las chicas las pusieron a picar cascotes”, cuenta Julieta.

Desde aquella mañana, durante las semanas en el Pozo, “la Trachyn” cortó papas, picó cebolla, hirvió arroz y fideos para hacer guiso.

“Yo aprovechaba, comía y le daba a las chicas. Los policías y los militares comían y a las sobras les agregaban agua, mucha agua. Nosotras nos preguntábamos qué harían con eso porque acá nunca vimos perros, pero tampoco vimos que tiraran esos restos”, dice.

Acá, una soleada mañana de marzo de 2024, a poco menos de cincuenta años de su cautiverio, Julieta desanda sigilosa cada baldosa, sube cada escalón, recorre el oscuro primer piso donde supo estar encerrada, busca, reconoce su celda. “No, esta no es, es aquella, la del pasador al revés”, dice.

“Esa madrugada, cuando nos llevaban al calabozo, iban abriendo las puertas buscando dónde meternos y, en el segundo que abren, vimos a una persona muy, muy, muy flaquita que estaba como arrodillada en un rincón; no sé si era hombre o mujer. Tenía el pelo largo, más que yo, pero en esa época se usaba el pelo largo también en los hombres; era un pelo castaño oscuro. Me acuerdo de que cuando se abrió la puerta giró la cabeza, nos miró y enseguida la agachó. Tenía un terror en los ojos del que no me olvido más”. Julieta habla y en sus ojos estalla una tristeza.

Como en otras dependencias policiales devenidas Centros Clandestinos de Detención, en el Pozo de Banfield -que formó parte del diagrama represivo conocido como “Circuito Camps”, una red de alrededor de 30 centros que funcionaron en la jurisdicción de la Policía de la Provincia de Buenos Aires al mando del represor Ramón Juan Alberto Camps-, detenidos contravencionales como las travestis se cruzaron con detenidos por razones políticas.

A las primeras, a diferencia de los segundos, las ingresaban a cara descubierta, sin capuchas que les cubrieran la cabeza ni vendas en los ojos.

—¿Viste aquí a otras personas como esa?

—No. Acá veíamos todo el tiempo a policías y militares. Y autos y camiones que entraban y salían. Les teníamos que lavar la ropa y lustrar los borcegos. A la noche nos sacaban del calabozo y nos violaban. Una vez lo vi a Etchecolatz. Yo no sabía quién era; lo reconocí años después. Tenía una mirada fija, fuerte, autoritaria, que no me voy a olvidar. Como tampoco me voy a olvidar de los gritos que escuchábamos por las noches. Eran gritos desgarradores.

Primero se escuchaba una radio fuerte, una radio como vieja. Y después, los gritos. Gritos de hombres y de mujeres. Las travestis hacían silencio para escuchar. Hoy, casi cincuenta años después, “la Trachyn” todavía escucha esos gritos.

De todos los gritos que Julieta escuchó en el Pozo, hay uno que recuerda especialmente.

Una noche escuchamos gritar a una chica, pero eran gritos distintos. Como de un dolor distinto. La escuchamos a ella y, de repente, escuchamos el llanto de un bebé y después no escuchamos más nada. Con el Negro siempre nos acordábamos y nos preguntábamos qué habrá sido de ese bebé. Él decía que había sido una nena, pero yo le decía que para mí fue un varoncito porque se lo escuchó llorar fuerte, ¡tenía unos re pulmones! Me gustaría encontrarlo y decirle que cuando nació no estaba solito, que nosotras estábamos ahí y lo escuchamos”, dice.

Lo que Julieta recuerda no es una excepción. El Pozo de Banfield —que fue sitio de detención de víctimas del Plan Cóndor y de los jóvenes platenses detenidos durante la Noche de los Lápices— operó también como “maternidad” clandestina dentro del plan sistemático de apropiación de bebés de la dictadura. Al menos nueve mujeres dieron a luz allí. A la fecha, seis de esos bebés recuperaron su identidad.


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