¡Ojo! Lo que sigue es un artículo escrito por un viejo sobre una problemática joven.
Hace dos jueves, el 19 de febrero, Nicki Nicole tenía que dar uno de los shows más importantes de su carrera, un sinfónico en el Teatro Colón. Un día antes, no obstante, la cantante rosarina anunció que lo posponía para el viernes 20. No fue por enfermedad ni problemas de producción, sino por el paro general contra la reforma laboral. Y así lo posteó: “Saben lo importante que es para mí esta fecha en el Colón. Es un sueño que vengo construyendo hace mucho y me duele muchísimo tener que postergarla. Pero mañana es un día muy importante para el país. Creo en el derecho de las trabajadoras y trabajadores a expresarse y acompañarse en momentos como este“, dijo la artista de 25 años.
Posponer un concierto, así sea un día, es una decisión compleja porque los shows ponen en funcionamiento sistemas técnicos y también humanos. A la escala de una Nicki Nicole en el Colón, afectaba no solo a miles de asistentes, sino también a quienes trabajan de forma directa en un espectáculo de ese calibre (cientos de personas, si se suman tareas que no sean solo técnicas o artísticas). Para músicos y productoras, siempre es costoso posponer, financiera y operativamente. Y, a veces, también por el feedback, aunque esta vez las redes de Nicki se llenaron de comentarios muy agresivos pero no de fans enojados, sino de algunos de los más resonantes trolls del call-center libertario.
Mover el show sinfónico fue una acción valiosa en un contexto donde los artistas jóvenes viven expuestos al hate reaccionario si se expresan, o a la denuncia de vivir en una nube de perfume si no lo hacen. De hecho, a veces reciben ambas acusaciones en simultáneo. Mientras tanto, ya van dos años de cuando Emilia Mernes se volvió meme luego de que su equipo de prensa interrumpiera una entrevista con la antológica frase: «No vamos a hablar de política“. Ante esa evasión del compromiso, Emilia quedó expuesta a una caricaturización que sigue vigente; pero ante la toma efectiva de posición, sus colegas reciben un hostigamiento salvaje y organizado.
Nicki Nicole podría haber hecho la fácil y adjudicarle la suspensión al paro de transportes pero, en lugar de eso, planteó de forma explícita el cambio de día como una forma de acompañar a sus oyentes, dándoles de algún modo el espacio para juntarse, movilizarse y reclamar. Fue solo una declaración, pero que habilitaba acciones. Y si bien no equivale a “poner el cuerpo en la calle”, hay que revisar si la presencia de alguien con 15 millones de seguidores en una marcha no cambiaría de cuajo la lógica del asunto.
Quien también sabe de shows caídos, exposición a la “cloaca twittera” y censura, con solo 19 años, es Milo J. En febrero de 2025, el rapero de Morón iba a dar un show en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA) para el que se esperaban 20.000 asistentes. No satisfechos con haber desfinanciado los sitios de memoria y despedido masivamente a trabajadores de la Secretaría de Derechos Humanos —lo que originó denuncias judiciales en su contra—, el secretario Alberto Baños y el ministro Mariano Cúneo Libarona optaron por también contender contra artistas e impulsaron una cautelar para dar de baja el show de Milo.
La operación vino acompañada de un despliegue policial absurdo, con una cantidad desmedida de gendarmes, prefectos y policías federales listos para desalojar el predio. De inmediato, la mamá de Milo denunció no solo la “censura”, sino también que fueron “extorsionados” por los responsables del operativo para cancelar el concierto bajo “amenaza de reprimir”. La edad promedio del público ese día rondaba los 15 años.
Fue evidente que la virulenta réplica contra Nicki —que lo único que hizo fue cambiar el día del show del Colón— traía viento de cola: viene del Cosquín Rock 2025 cuando se sumó a la ola de repudio contra la censura al show de Milo J en la ex ESMA y contra el ataque de Javier Milei a María Becerra, quien poco antes, en un show en Neuquén, había hecho un llamado a colaborar con los bomberos e interesarse por los incendios en la Patagonia. Y esa avanzada contra la quilmeña también venía de antes: el presidente y/o su entorno son muy memoriosos cuando alguien apoya a alguno de sus enemigos públicos, y Becerra había hablado en redes y conferencias a favor de Lali Espósito.
Como en una mamushka de enojos patológicos, el primer mandatario y sus segundones libertarios van de objetivo en objetivo, casi siempre atacando a las pibas con doble mira: por mujeres y por jóvenes. El Presidente juega al Joker cultural con menciones a “Ladri Depósito” y “María BCRA”, pero por debajo la cosa escala y los “pendeja pelotuda” y los “trola de mierda” van dando paso a un hostigamiento cada vez más sistematizado. En el Cosquín Rock de este año, Lali salió a cantar con un vestido decorado con algunos tuits.
Fiel a su historia, Espósito fue también pionera en esto de recibir el hate presidencial. Se lo ganó en agosto de 2023 con el célebre “Qué peligroso. Qué triste” que tuiteó luego de las PASO. Recrudeció el primer verano de la gestión Milei y continúa desde entonces. Ya en el Cosquín Rock 2024, ella respondió con palabras y música, con “¿Quiénes son?“ y el cambio de letra en ”Disciplina»: “Que si fumo, que si vivo, que si digo, que si bebo, que si vivo del Estado”. Desde entonces, a cada cosa que hace, dice y postea, le sigue una cascada escatológica de respuestas de cuentas paraestatales.
Un poco más atrás aún, antes de la pandemia, aparece la figura de Wos (hoy de 28 años) como freestyler, como músico y como entrevistado ya sobre el final del macrismo, como referente de una escena que estaba en formación y donde terminaron confluyendo mujeres cantantes con décadas de actuación encima, muchachitos punks, traperías de todo estilo y urgentes jóvenes con inclinaciones teatrales. Valentín Oliva fue uno de los primeros, con sus rimas y personajes de videoclips, en advertir sobre el advenimiento libertario y en usar la música.
Otro de los ilustres contendientes del gobierno ha sido Dillom. En Cosquín Rock 2024 hizo una versión de “Sr. Cobranza” —que popularizó Bersuit Vergarabat pero es de Las Manos de Filippi, banda siempre viva en esto de comunicar posiciones políticas— en la que cambió la letra y mencionó al ministro macrista-mileísta Luis Caputo. Fueron meses de asedio digital. Pero lejos de dejarse amedrentar, Dillom (misma edad que Nicki, 25 años) volvió a expresarse fuerte en Cosquín Rock 2025: “El que se mete con María Becerra, se mete conmigo. Y si tocan a uno, saltamos todos, no importa la ideología, las creencias, así debería ser”.
El espectro es bien ancho: incluye por un lado, a bandas consagradas hace años de una movida ajena y añeja -el rock- como No Te Va Gustar, quienes dedicaron su show en Cosquín a “todos los colegas como María Becerra, Lali Espósito y Milo J” y repudiaron “el agravio y la censura en la cultura”. Y por el otro, artistas como Santiago Motorizado o Marilina Bertoldi que declaran y accionan permanente en apoyo a causas culturales, además de artistas más jóvenes y en expansión como Dum Chica –hacen shows con visuales de Mileis demoníacos– y BB Asul, quien ha sabido resumir muy bien la carga anticreativa, antierótica y restrictiva de libertades de la época: “Cuando la derecha avanza, lo primero que se resiente es el goce y la libertad de ser”.
Hay una lectura más o menos extendida de que en los últimos años la juventud abandonó su senda rebelde y “se volvió de derecha”. El fuerte apoyo a Milei en las urnas por parte de jóvenes adultos suele aparecer como indicador en los análisis, así como el avance de los discursos de odio en redes sociales y en ciertos ámbitos laborales y sociales. Pero esa misma generación fue, dos años después, para las elecciones de 2025, la menos movilizada a votar desde el regreso de la democracia: las encuestas previas daban que 1 de cada 3 personas sub-35 no sufragaría.
Es una generación, además, para la que opinar en público tiene su costo. Los jóvenes de la “década ganada” tuvieron las redes sociales, internet y el Conectar Igualdad como amplificadores, como habilitadores, en paralelo al crecimiento del internet de la creación de contenido y de comunidad: un entorno que animaba a expresarse. Desde la pandemia, redes sociales como X funcionan como arena de disciplinamiento, con bots y humanos odiadores listos para saltar ante la orden de turno. Y por debajo, mientras tanto, se cocinaron otros elementos, como que pasara a ser mala palabra el “progresismo” (ese wokism que detesta Donald Trump).
Es un escenario de “canales abiertos” que en realidad no lo están, de instancias de representación que en realidad no representan. Hay un alto desencanto con la política, hay un alto costo por decir cosas medianamente progresistas —sensatas— en público y hay una baja representatividad joven en la política y los medios. Los “líderes de opinión” sub-30 arman un espectro que va de influencers gastronómicos a streamers pro timba, pasando por todo tipo de opinadores no calificados. En un contexto así, las pibas y los pibes se aferran a la expresión pública de sus artistas favoritos como quien se aferra a un tablón en mar abierto.
