ACERCA DE LOS THERIANS.

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Desde hace algunas semanas comenzó a circular con fuerza en los medios de prensa y redes sociales el fenómeno de los llamados therians: adolescentes que se identifican con animales, utilizan colas o máscaras, y comparten videos en los que expresan sentirse lobo, gato o zorro.
Como suele ocurrir ante toda expresión juvenil que rompe la norma, rápidamente aparecieron dos reacciones extremas: quienes lo banalizan y estigmatizan, afirmando que es una moda inofensiva, y quienes lo describen como una señal de enfermedad mental colectiva.
Creo que ninguna de las dos miradas ayuda a comprender el fenómeno. Sabemos que las juventudes siempre construyeron identidades diferenciadas. No es la primera vez. Solo por mencionar algunos, en los años sesenta fueron los hippies, acusados de inmorales y desviados. En los setenta, el punk fue visto como una amenaza social. Los góticos fueron asociados a la depresión o al satanismo. Los emos fueron estigmatizados como frágiles y autodestructivos. Los cosplayers fueron considerados personalidades infantiles.
En Buenos Aires, muchos recordarán las tribus urbanas que se reunían en el shopping Abasto en los años noventa y dos mil: floggers, darks, skaters. Cada generación tiene su grupo “extraño”.
La diferencia hoy no es la rareza. Es la escala, la velocidad y el contexto en que se desarrolla. Las redes sociales permiten que micro-identidades que antes quedaban en pequeños círculos cerrados ahora se amplifiquen globalmente. Lo que antes era un grupo en una plaza, hoy es una comunidad internacional en TikTok o Instagram.
En el caso de los therians, en su mayoría, no se trata de jóvenes que crean literalmente ser animales. Se trata de adolescentes que utilizan la metáfora animal como forma de expresar rasgos de personalidad, emociones o pertenencia grupal. La adolescencia es, por definición, una etapa de experimentación identitaria. Se ensayan estéticas y discursos. Identificarse simbólicamente con un animal, hoy, en la mayoría de los casos, es un fenómeno cultural.
Ahora bien, es importante diferenciar que una cosa es una identidad simbólica y otra muy distinta es la pérdida de contacto con la realidad. Es decir, la capacidad de distinguir fantasía de realidad.
Cuando un adolescente sabe que biológicamente es humano, puede explicar su identificación como metáfora, mantiene vínculos, estudio y funcionamiento cotidiano, no estamos ante un cuadro psicopatológico por el solo hecho de que use una cola o una máscara en ciertos contextos.
Lo que sí cambia radicalmente el escenario es el entorno digital. Las plataformas no son neutrales. Los algoritmos moldean identidades, generan burbujas de confirmación y amplifican conductas que obtienen visibilidad. La pertenencia ya no es territorial sino algorítmica.
Cada generación adulta tiende a leer las expresiones juveniles como síntoma de decadencia. Ocurrió con el rock, con el punk, con los videojuegos y con las redes sociales.
El fenómeno therian no es un “brote psicótico colectivo”, pero tampoco es irrelevante. Es una expresión identitaria que debe leerse en el contexto de una adolescencia atravesada por hiperconectividad, exposición permanente y los mensajes que llegan desde los adultos, muchas veces, desde lo más alto del poder.
Y aquí aparece otro elemento del clima de época. Vivimos en el mundo, y especialmente en Argentina, un tiempo en el que la rareza, la provocación y lo disruptivo se han instalado también en la escena pública. Vemos dirigentes que apelan al disfraz, a la performance permanente, a la banalización de temas extremadamente sensibles. Escuchamos discursos estigmatizantes hacia las minorías. Todo parece girar en torno al impacto, al escándalo y a la ruptura constante de la norma.
Cuando lo excéntrico se vuelve regla en la esfera adulta, el mensaje implícito hacia los más jóvenes es claro: para existir hay que llamar la atención, exagerar la identidad, performar permanentemente.
En un contexto así, las identidades juveniles también se vuelven más visibles, más teatrales y más intensas.
En este sentido, y para finalizar, es fundamental no confundir la crueldad, la maldad, el cinismo, el desprecio y el odio por el otro con locura. Pocas veces ese comportamiento se da en personas con padecimiento mental, por lo que no toda conducta agresiva es expresión de un padecimiento psíquico.
Muchas veces se trata, simplemente, de decisiones éticas, posiciones ideológicas y de poder. Patologizar la crueldad es una forma de eximirla de responsabilidad. Y utilizar la categoría de “locura” para explicar la crueldad no solo es conceptualmente erróneo, sino también injusto con quienes verdaderamente atraviesan padecimientos mentales y no ejercen violencia. La salud mental no puede convertirse en insulto político.
No se trata de establecer una relación lineal ni simplista entre política y fenómenos culturales juveniles. Pero sí de reconocer que las juventudes no crecen en el vacío. Se socializan en un clima cultural donde la exposición, la provocación y la espectacularización son moneda corriente.
Si los adultos transforman la vida pública en un espectáculo permanente, donde todo es performance, provocación y escenificación, no podemos escandalizarnos cuando los jóvenes hacen lo mismo.
Si el mensaje que baja desde arriba es que para existir hay que impactar, exagerar y agredir, entonces no debería sorprendernos que las identidades juveniles se vuelvan más visibles, más teatrales y más intensas.
Tal vez el problema no sea la máscara de los adolescentes.
Tal vez el problema sea el escenario que les estamos ofreciendo.
AUTOR: Alberto Trímboli. (Portal El Cohete a la Luna).-

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