Pese al asombro inicial, finalmente fue amable la participación de León Gieco en el cierre de Lollapalooza, en 2017, cantando “Todos los caballos blancos” frente al público de Lana del Rey. Lo mismo pasó después, cuando Pablo Lezcano compartió lineup con Liam Gallagher. Y, más acá en el tiempo, en el último show de Lali Espósito, cuando Sandra Mihanovich la tomó de la mano para corear “Soy lo que soy”. La industria musical cambió, y, como todos los rubros, también necesita generar sorpresas, espectáculo mediante. Este mandato tiene Lado B y es que muchos escenarios recuperan lo esencial de la música en vivo, de la zapada, de la experimentación: el encuentro. Lo analógico. Lo presencial. Tocar, cantar, sentir, compartir.
Y hay una música que es sinónimo de cruces permanentes: el folklore. Así, el Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2026 vuelve a ser provocador y/o legitimador de encuentros, sin prejuicios, entre generaciones y audiencias. En el mismo escenario donde debutó Mercedes Sosa el 31 de enero de 1965 y donde, este año, La Sole festejará tres décadas de carrera, la sorpresa de la programación es la presencia de Cazzu y de Milo J. Muy gauchitos: dos referentes de la música urbana cuya manera de innovar en sus carreras es volver a nuestra música autóctona. Y a sus propias raíces personales.
Será otra noche memorable del Festival que nació en 1961, organizado por un grupo de vecinos en un pequeño escenario ubicado sobre la ruta 38, destinado a público y artistas de todo el país (mientras los porteños bailaban tango). Desde entonces, dura nueve noches en homenaje a la novena de la Virgen del Rosario. Por eso, Cazzu, la jefa del trap, llegará con sus coplas el domingo 25 de enero, en la Segunda Luna (y después de sorprender al público del Festival de Jesús María a pura chacarera), y Milo J pondrá en diálogo la música urbana con la zamba y el carnavalito el 1º de febrero, en el cierre, en la Novena Luna. ¡Adentro las nuevas generaciones!
En tiempos de retorno conservador y de celebración del individualismo extremo, el folklore (o, mejor dicho, la música de raíz folklórica) propone cruces, encuentros y diálogos con otros géneros: retoma gran parte de su espíritu de vanguardia y desarrollo colectivo. Si en la dictadura del ‘76 se prohibía “Zamba de mi esperanza” por proponer un aire de independencia -no del mercado, sino frente a la opresión-, cincuenta años después el folklore, cerca o lejos de Cosquín, busca vincularse con los públicos de otros géneros y demostrar que no son espacios bajo llave: se completan, unos a otros, constantemente. Y a nadie escandaliza ya que Milo J o Cazzu puedan estar en Cosquín: hay música para todos y todas. Así, el trap puede alimentar al folklore y, viceversa, los ritmos de tierra enriquecen a las letras urgentes de los chicos de ahora.
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—¿Qué es el folklore?
Es una tarde de mayo de 2025 y ya se enfrió el mate. Ahora circulan empanadas y vino en el patio de la casa de Mex Urtizberea: avanza el especial ¡FAlklore! del ciclo Esto es ¡FA! Soledad Pastorutti canta con Milo J la zamba “Cuando ya nadie te nombre”, de Horacio Guarany. Peteco y Cuti Carabajal interpretan a dúo la chacarera “Dejame que me vaya”. Chango Spasiuk y Teresa Parodi tararean el chamamé “Kilómetro 11”. A la peña se suman artistas más jóvenes: Maggie Cullen, Julián Kartun y Juan Gigena Ábalos, el director musical de la tertulia. La raíz es para todos.
¿Qué concepto pensaron Milo J y Mex, impulsores de esta juntada telúrica, para ¡FAlklore!? El especial, que oxigenó el ánimo social de 2025 y está disponible en YouTube, representa una reunión de artistas muy diversos —por estética, edad y trayectorias— y una manera abierta de entender el folklore para nuevos públicos: sin estereotipos. ¿Por qué? Durante décadas muchos concibieron al género como un sinónimo de cantores vestidos de gauchos con una visión ultra-nacionalista, patriarcal y machista. O como “tipos con quenas, bombos, charanguitos”, como dijo Pettinato en aquella frase que se viralizó, a mediados de 2025: muy por fuera de esta recuperación del género. Por eso, lejos de cristalizarse en una música estática que le canta a la patria y a sus paisajes con fanatismo tradicional, la raíz folklórica no sólo innova en arreglos y reversiones, sino que incluye discursos más abiertos, y hasta abarca a la musicalidad de la disidencia sexual con figuras como LeGon Queen y La Ferni.
El género contiene riquísimos matices, con exponentes muy distintos entre sí y discursos hasta contrapuestos, pero que pueden convivir. Entre los tradicionalistas y los innovadores hay una gran paleta de colores.
¿Cómo acortar esa distancia? Una respuesta posible está en ¡FAlklore!: “Buscamos acercarnos a las nuevas generaciones”, dijo Mex Urtizberea aquella tarde de mayo, en su patio. Y, para abrir el debate, tiró esa pregunta filosófica sobre qué representa este género. ¿Qué respondieron los invitados con mayor experiencia? ¿Qué se oyó decir en ¡FAlklore!?
—Es la afinación de este lugar en el mundo —dijo el Chango Spasiuk.
—A cada generación le corresponde un eslabón de la cadena. Es muy bueno relacionarnos de esta manera tan espontánea y hermosa —sumó Teresa Parodi.
Y aquella zapada sin barreras saltó de YouTube al Movistar Arena: apenas se anunció el primer show, las entradas se agotaron en dos horas. Por eso el 23 de diciembre hicieron un bis, en el que estuvieron Abel Pintos, Eugenia Quevedo, Lázaro Caballero, Rubén Rada, Nati Pastorutti, Sergio Galleguillo, Yamila Cafrune, Sele Vera, Radamel, Nahuel Pennisi, Agarrate Catalina, Raúl “Tilín” Orozco y Lito Vitale, entre otros. La zamba y la chacarera dejaron paso al chamamé y hasta hubo toques de rock argentino. La inclusión escénica fue la norma. Así, la tertulia devenida espectáculo de entrecasa, primero, y luego de estadio, hace que el folklore resulte la propuesta cultural que ofrece compañía y respuestas a estos tiempos aciagos. Y el retumbo de un bombo puede ser el llamado a compartir entre todos.
Esta renovación generacional se suma a la huella de las últimas décadas iniciada por artistas que llegan a la música de raíz folklórica desde la tradición, desde las academias populares o desde la intuición.
¿Qué aportar sobre Liliana Herrero que no se haya dicho ya? A los 77 años, la pionera que reinventa la raíz tiene un nuevo disco, Fuera de lugar. Con él exterioriza su desazón ante el dominio libertario y los discursos de odio, y da su propia versión del folklore interpretando a Charly García y a Spinetta. En las rupturas y quebraduras de su canto, Herrero sabe que no hace falta gritar para conectar con el pasado. Ella lo repiensa, siempre, y por eso va varios pasos adelante.
Habitando el folklore al mismo tiempo que el jazz, el tucumano Juan Quintero formó Aca Seca Trío junto con Andrés Beeuwsaert en teclados y Mariano “Tiki” Cantero en percusión. Una apuesta musical de gran vuelo: un trío de jazz en ritmos de 6 x 8. Y aportaron temas de Quintero, quizá el compositor contemporáneo más importante, heredero de Juan Falú y Raúl Carnota. Pero, a la par, el abrecaminos que es Juan Quintero también refinó la música argentina sin fronteras con el dúo de guitarra y voces que formó con Luna Monti.
Muchas artistas femeninas abren sentidos clave, como Silvia Iriondo, Lorena Astudillo, Chiqui Ledesma, Luciana Jury, Mery Murúa, Paola Bernal, Mariana Baraj, Mavi Díaz, Milena Salamanca, Charo Bogarin y Sofía Viola.
Explorando discursos sonoros vinculados a la Música Popular Brasileña, el entrerriano Carlos “Negro” Aguirre es un polo de innovación y agudeza impresionista desde el piano, la composición y la voz. Suena solo, en tríos, quintetos y sextetos. Ve al folklore como un magma a explorar.
Conectar con otros géneros es demostrar que el folklore es pasado, presente y vanguardia de la música popular argentina. ¿Cuántos nuevos públicos, en los tiempos que vengan, como los de Milo J o Cazzu, lo van a comprobar?
