CAPÍTULO IV, «LA CONSPIRACIÓN», DE LA BIOGRAFÍA NO AUTORIZADA DE MADURO, DE ROGER SANTODOMINGO.

nicolas

Busqué, a la luz de la polarización que generó el asalto militar y captura de Nicolás Maduro por parte de las fuerzas armadas de Donald Trump, algo que echara luz sobre quién es o era este sindicalista de los subterráneos y trolebuses de Caracas, luego vice presidente, antes canciller del chavismo. Encontré la biografía no autorizada escrita por Roger Santodomingo, periodista, docente y escritor venezolano, corresponsal de cadenas informativas norteamericanas e inglesas.

Publiqué en facebook que esta página NO TIENE una sección de noticias internacionales. Creo que hay que estar en lugares, tan convulsionados como Venezuela, para saber lo que pasa.

Ahí va un capítulo.

Maduro inició desde muy temprano su vida política. Su llegada a la historia y a la cúpula del poder ha sido un largo ascenso desde las catacumbas de la izquierda donde vivió oculto mucho tiempo, una trayectoria que inicia en una infancia marcada por su padre, un activo socialdemócrata; la inevitable rebeldía juvenil en el socialismo radical; la militancia hardcore en el marxismo maoísta y castrista y, como veremos, una arriesgada actividad conspirativa en el movimiento liderado por Hugo Chávez desde la prisión. Todas las estaciones en su peregrinación para la conquista del poder lo convirtieron en un político de oficio, un cuadro del aparato político del partido, un hombre que ha transitado por los caminos verdes de la vida civil. Un autodidacta. Pero para los efectos de la política de masas es un oscuro desconocido. Un individuo sin brillo propio que parece haber crecido a la sombra de su jefe. Jefe al que le profesa una fidelidad canina. Solo un rasgo de su biografía ha visto suficientemente la luz, sirviendo como marco de referencia para la percepción del público: trabajador del Metro de Caracas. Ni siquiera destaca su rol de dirigente sindical de la más emblemática empresa de transporte del país. Su currículo político se reduce a su aspecto esencial: fue chofer de autobús. “Miren donde va Nicolás, el autobusero Nicolás. Era chofer de autobús en el Metro, y cómo se han burlado de él, la burguesía se burla, qué pena”, decía Hugo Chávez en televisión el 10 de octubre de 2012, al anunciar su nombramiento como vicepresidente, el segundo hombre en el poder y, en su ausencia, el conductor al frente del volante del país. El presidente Chávez no solo contribuía así a reforzar la percepción pública que se tiene de Maduro, la utilizaba como una ventaja política. De hecho, en caravanas durante la campaña que recién terminaba, Maduro asumió el rol de chofer del camión que transportaba a Chávez a través de la multitud. Gesto que no pasó desapercibido por los medios. Evidentemente no es un rasgo de su biografía que se quiera esconder, por el contrario. En efecto, ese aspecto del currículo de Maduro se convirtió en la delicia de quienes han mirado con desprecio cada paso de su meteórico ascenso: de chofer de Metrobús a presidente de la Asamblea, a canciller, a vicepresidente, a… Chávez, maestro en el manejo de las emociones — pero sobre todo de los resentimientos populares, siendo él mismo blanco predilecto de frívolos escarnios—, sabe que al tocar la supuesta llaga de su mano derecha no se hace eco de una burla, sino que expone a la oposición. Y la señala no por burlarse de Maduro, sino de la mayoría de los venezolanos, de las clases trabajadoras. Si se presta más atención a este detalle, puede observarse que la valoración negativa de la experiencia de Maduro es un arma política singular, pues ha sido un bumerán que siempre se devuelve y golpea más fuerte a la oposición que lo usa contra él. Pero subrayar esta paradoja es útil, no solo por lo que superficialmente denota: la subestimación de su supuesto o probable talento por el hecho de no ser universitario; sino por lo que realmente significó para un joven Nicolás Maduro que vio, como caída del cielo, una extraordinaria oportunidad de empleo y la abrazó en un paso que fue fríamente calculado.

A finales de 1987 se abre la Línea 2 que comunicaría el centro de la ciudad con el populoso Caricuao, en el suroeste de Caracas, el sector donde él vivía. En los meses que siguieron al 27F se realizaron campañas intensivas de reclutamiento de jóvenes candidatos para trabajar como operadores de las estaciones y trenes de la ruta en expansión. Pero al abrirse al público la Línea 2 lo hizo prácticamente como un tren suburbano. El recorrido desde las estaciones lejanas de Las Adjuntas y Zoológico se cortaba en la estación La Paz, es decir, aún faltaban por abrirse al público tres estaciones para que se hiciera una conexión directa con la línea principal del sistema. Por eso se introdujo el sistema de Metrobús. Unos autobuses diseñados para reproducir superficialmente, la experiencia de viajar en el moderno subterráneo: asientos y espacios cómodos, aire acondicionado, sistema de tickets electrónicos, unidades limpias, además de operadores presentables y siempre corteses. Novedades para el usuario de transporte público venezolano. Para trabajar en el Metro solo se requería presentar el título de bachiller, ser saludable y ostentar una buena actitud, además de disposición para someterse a un estricto entrenamiento. La paga no era mala, ni el paquete de beneficios pero, sobre todo, estaba el prestigio de trabajar en el Metro de Caracas. Este es otro elemento que no debe soslayarse, especialmente para entender la percepción del público. Desde que se trazó en planos, el Metro ha sido una empresa representativa de la modernidad del siglo XX venezolano. Inaugurada en 1983, surge como una de las obras públicas más importantes del período democrático. Con tecnología francesa, se convirtió en el único sistema de metro funcionando en un país tropical. Sin duda, una obra de ingeniería alabada en el mundo, pero sobre todo una referencia para los venezolanos. En particular para los millones de caraqueños que lo usan a diario, pero también para los que no lo usan, porque encontraron en la obra una reivindicación de su gentilicio. “El Metro, la gran solución para Caracas” fue su eslogan de lanzamiento. Y no solo se trataba de la incorporación de un sistema de transporte eficiente en una ciudad siempre convulsionada. La frase apelaba a un problema más profundo de una capital que empezaba a tornarse cada vez más hostil para sus habitantes: el Metro aparecía como una alternativa de vida ordenada, segura y, por sobre todo, con urbanidad. En la Caracas de los 80 era fácil notar el contraste. Aunque cualquiera que viva en la ciudad o la visite quizás observe que no es muy distinto hoy día: tráfico caótico, ralentizado por miles de pequeños autobuses; vehículos la mayoría viejos y en mal estado que navegan sobre la marea de una ciudad caliente y sobrepoblada, recogiendo y dejando pasajeros en cualquier parte, sin importar si una parada está señalizada o no, o si el vehículo está en plena vía o a medio andar. Cada chofer es su propio jefe al volante de su propia empresa. Suele ocurrir que estos patrones tratan a los otros conductores como obstáculos o como competencia que debe ser aplastada y a sus pasajeros como poco más que mercancía animal que debe agradecer la oportunidad de viajar con él. Las rutas suelen implicar cierto peligro, pues la ciudad está plagada de pequeños delincuentes para los que las unidades de transporte privado y los pasajeros, viajando del trabajo a la casa, son presa fácil a cualquier hora. Quizás un retrato demasiado sombrío de una ciudad que una vez fue llamada “la sucursal del cielo” y que sin duda conserva rasgos amables de sus buenos tiempos. Sin embargo, es contra ese oscuro lienzo que sobresale el brillante Metro: vagones inmaculados en un ambiente de alta tecnología, aire acondicionado, con vigilancia por circuito cerrado, donde todo el mundo debe respetar una fila para obtener un ticket y pasar un torniquete, esperar tras una línea amarilla hasta que se detenga el tren que anuncia su partida con un sonido grave, suficientemente notable sin ser intrusivo y que, además, tiene la delicadeza de recordar cada estación con una voz amigable. Y qué decir del personal del Metro. Para los que sufrían a diario y sin compasión a choferes muchas veces amargados por el tráfico y el calor, cuando no excesivamente amigables o “confianzudos”, al punto de ahogar sus penas o su aburrimiento con música estridente, el cambio que representó viajar en metro, dentro de sus nuevas cápsulas que a algunos se les podían antojar futuristas, podría hasta causar lágrimas de alegría: hombres y mujeres jóvenes siempre dispuestos a ayudar; funcionarios de firme hablar, pero siempre corteses; impecablemente vestidos de beige y lazo o corbata, lo cual no es un simple detalle. Los operadores del metro son civiles, pero son un cuerpo jerárquicamente organizado y van uniformados. Maduro no solo obtendría un empleo sino una identidad y la afiliación a un cuerpo de soldados civiles. “En realidad se empezó a hablar de que el caraqueño era uno sobre la ciudad y otro por debajo, que el Metro te transformaba y demostraba que, a pesar de la mala opinión que los caraqueños tenemos de nosotros mismos, podíamos actuar cívicamente”, nos comenta Maduro. “Para mí fue un tremenda oportunidad trabajar allí y llevaba mi uniforme con orgullo”. El negocio de la imprenta probablemente no era el más próspero. Necesitaba flujo de caja para sus gastos y al mismo tiempo un trabajo que le permitiera mantener su trabajo político. Considerado el asunto entre sus compañeros de la Liga Socialista, la conclusión era que había que aprovechar la oportunidad de vacantes en el Metro de Caracas pues calzaban dentro de su plan de acción. En su momento, esta decisión demostraría ser de un enorme valor táctico y estratégico para la biografía de Maduro y para el movimiento conspirativo de los 90. “Entraba al Metro con una misión específica, que era la de tomar control del sindicato. La veíamos como una empresa estratégica y con gran impacto”, recuerda Maduro. “Metí mis papeles y fue así que me contrataron para conducir Metrobús”. Maduro pasa el entrenamiento, se imbuye de la actitud corporativa y ve muy pronto sus oportunidades. La experiencia era difícil, claro. El trabajo era exigente, los turnos agotadores, el trato con el público a veces un ejercicio “de enorme paciencia”. El tráfico caraqueño nunca fue fácil, pero Maduro logró su objetivo: “Rápidamente pude hacerme elegir como delegado sindical. Entonces los trabajadores del Metro tenían un alto nivel de conciencia”, recuerda, “por lo que mi trabajo era prácticamente cosechar”. Un testimonio recogido por el diario El Mundo de Caracas indica que Maduro no era precisamente un empleado ejemplar y, según algunos de sus ex colegas “fue el chofer de Metrobús con más choques y ausencias”1. Otro de los vicios que se le endilgan es el de ser “un reposero”, porque abusaba de los reposos o permisos laborales por motivos médicos. El periodista José Emilio Castellanos dice que el “reposo laboral” lo “obtenía a través de un médico de apellido Simonovis, en la Policlínica de la urbanización Coche”2. “La verdad es que su prioridad era la política y se dedicó a formar el sindicato”, recuerda Chirinos, un ex compañero del servicio de Metrobús: “Nicolás era simpático y trabajador como todos, pero era al que más le gustaba hablar que si del gobierno y la corrupción, que si la descomposición de la sociedad y siempre estaba llamando a reuniones y buscando reclutar gente para el trabajo sindical. Él era muy solidario y claro que a muchos nos molestaban algunas cosas que ocurrían en el Metro, y como a todos, a mí la plata de vaina me alcanzaba, pero no nos gustaba estar peleando todo el tiempo con la empresa por cualquier cosa. Muchos creíamos que había que cuidar el trabajo y a la institución también”. Sí, a Maduro le importaba mucho cuidar el trabajo, pero por otros motivos que consideraba más elevados. Fue entonces que uno de sus viejos amigos de juventud, también vinculado a la Liga Socialista —y que Maduro, fiel al uso de identidades clandestinas, se limita a llamar Ezequiel—, le habló por primera vez de una conspiración que se fraguaba en los cuarteles “para sacar a CAP”. “Ezequiel me habló de un movimiento bolivariano y zamorano que estaba liderado por dos tenientes coroneles. A uno lo describió como un intelectual y curero, mientras que el otro era tropero y zurdo.

Lo que me parecía casi imposible”, nos cuenta. “Me parecía ciencia ficción. Porque hasta entonces mi imagen de los militares era la de un ejército que masacró al pueblo el 27F, la de milicos y gorilas que despreciaban a los civiles, que habían impuesto dictaduras. Recuerda que mi padre luchó contra Pérez Jiménez. Entonces le dije a Ezequiel, no sin cierta incredulidad: ‘Mira, si eso es verdad, quien se alce en este momento se agarra el país para él’. Porque la gente ya no cree en estos coños de madre. Así que ojalá esto exista y sean ellos”. Pero no solo dudaba de que fuese posible, en realidad temía una trampa, que en verdad los estuvieran cazando “como masacraron a los guerrilleros de Cantaura en 19823 o que se tratara de una celada para dirigentes de grupos progresistas como ocurrió en Yumare en 19864”. Después del 27F, la actividad política de la izquierda parecía adormecida y la represión policial se había encendido. Había motivos para mantener distancia hasta que surgieran signos más concretos que inspiraran confianza. Y las señales llegaron muy claras con todo el estruendo de los cañonazos la noche del 3 de febrero de 1992. Era de madrugada y Maduro estaba concluyendo lo que recuerda como un extenuante turno de guardia. Tomó su viejo automóvil y cuando conducía rumbo a casa vio una extraña movilización de tanques. No consideró lo más oportuno ir solo a averiguar lo que ocurría en ese momento y hundió el acelerador para llegar a un lugar seguro. Esa noche regresaba el presidente Carlos Andrés Pérez de la Cumbre de Davos, pero una comitiva encabezada por el ministro de Defensa le alertó en el aeropuerto de Maiquetía que estaba en proceso un movimiento conspirativo. Según testimonios ampliamente recogidos en la prensa, Pérez desestimó las advertencias y su caravana fue objeto de un atentado en el camino a su residencia oficial. Logró escapar por muy poco. El presidente pudo llegar al Palacio de Miraflores y a lo largo del camino vio la movilización de blindados sin saber cuáles tropas le eran fieles y cuáles le estaban buscando para aprehenderlo. Ya en la sede del gobierno fue acorralado por tanques de guerra y paracaidistas. Fernando Jáuregui, reportero que entonces trabajaba freelance para CNN, había sido alertado de que algo ocurriría esa noche y logró captar una de las imágenes que marcó el momento: un enorme tanque subiendo los grandes escalones del Palacio Blanco, abriéndose paso a golpes en su intento por derrumbar el portón principal. Pero no tuvo éxito. El portón se mantuvo firme y el Presidente logró escapar por túneles secretos junto al jefe de la Casa Militar, el vicealmirante Iván Carratú, quien luego contaría lo sucedido. A medianoche, no solo el palacio de gobierno, la capital entera parecía estar en manos de los militares golpistas. A esa hora había encarnizados enfrentamientos en la residencia presidencial de La Casona, en la Base Aérea La Carlota y en el Palacio de Miraflores. A las 2 de la mañana, el presidente Pérez, empuñando él mismo una ametralladora había llegado a la estación de televisión Venevisión, y transmitió en vivo desde allí un mensaje al país. Maduro pudo entonces constatar, junto a toda Venezuela, lo que realmente estaba ocurriendo: las palabras de Pérez estaban dirigidas a los alzados, conminándolos a deponer las armas porque su aventura había sido detectada y estaba en proceso de ser aplastada. En efecto se había producido una delación y el movimiento irregular había sido acorralado y frustrado casi al nacer. A las 4:30 am, Pérez volvió a hablar por televisión, ahora para anunciar que el golpe había sido prácticamente derrotado y casi todos los alzados estaban rendidos salvo por pocos reductos que se mantenían en combate. El país estaba en vilo y en vela. Al principio, Maduro no sabía exactamente el signo de lo que estaba presenciando. Seguiría cada paso del proceso por televisión y pegado al teléfono intentando obtener noticias de sus camaradas del partido y de sus compañeros del Metro. Después de que los soldados del batallón de paracaidistas fueron controlados por las fuerzas leales, a las 5.30 am Pérez celebró un Consejo de Ministros en el Palacio de Miraflores. En un intento por reducir, sin más derramamiento de sangre, a los alzados que aún combatían en Carabobo y otras zonas del país, el alto mando decidió hacer hablar en cámara al comandante de los alzados quien acaba de ser rendido y aprehendido en el Museo Militar de Caracas. El joven oficial, con boina roja y uniforme de camuflaje fue presentado a los medios de comunicación con el compromiso de que llamaría a sus compañeros a deponer las armas. Estas fueron las palabras que dijo en el que es recordado como su discurso más breve y efectivo: “Primero que nada quiero dar buenos días a todo el pueblo de Venezuela, y este mensaje bolivariano va dirigido a los valientes soldados que se encuentran en el Regimiento de Paracaidistas de Aragua y en la Brigada Blindada de Valencia. Compañeros: lamentablemente, por ahora, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital. Es decir, nosotros, acá en Caracas, no logramos controlar el poder. Ustedes lo hicieron muy bien por allá, pero ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor. Así que oigan mi palabra. Oigan al comandante Chávez, quien les lanza este mensaje para que, por favor, reflexionen y depongan las armas porque ya, en verdad, los objetivos que nos hemos trazado a nivel nacional es imposible que los logremos. Compañeros: oigan este mensaje solidario. Les agradezco su lealtad, les agradezco su valentía, su desprendimiento, y yo, ante el país y ante ustedes, asumo la responsabilidad de este movimiento militar bolivariano. Muchas gracias”.

El 4 de febrero, los comandantes Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta Chirinos, Jesús Urdaneta, y Miguel Ortíz Contreras al mando de 14 mayores, 54 capitanes, 67 subtenientes, 65 suboficiales, 101 sargentos de tropa y 2.056 soldados habían intentado dar un golpe de Estado y terminaron militarmente derrotados. Sin embargo, muchos que ese día veían los toros desde la barrera, entre ellos Nicolás Maduro, los vieron ensartar la primera estocada política en una lidia que para ellos estaba apenas comenzando. Después de escucharlo, sintió el eco de cada una de sus palabras como las claves de un plan del cual él debía formar parte. Aquel oficial, en el momento difícil de aceptar una derrota, mantenía la calma y hasta daba los buenos días y las gracias, en un gesto de coraje a la hora de hacerse responsable de un movimiento insurreccional bolivariano. Esto se le antojaba poco menos que una epifanía: “Entonces ¡era verdad!”, se dijo. “Y desde ese momento decidí invertir todo mi tiempo a darle forma al por ahora”. Comenzó una actividad frenética para establecer contactos con el grupo conspirador y verificar que los puentes entre sus grupos eran firmes. “Había mucha desconfianza, porque la represión era feroz, pero sabíamos que la oportunidad estaba servida. Nos trazamos como objetivo liberar a Chávez y darle el golpe de gracia a Carlos Andrés Pérez”. Empezaron los preparativos para una nueva intentona golpista y Maduro no volvería a ser tomado por sorpresa. Él sería también parte de la conjura que llevó a signar de negro un nuevo día de luto en la efeméride trágica de la democracia. Pero en el calendario de la revolución la fecha está marcada por el rojo de los días heroicos. Cuando en la Venezuela de Hugo Chávez empezaron a contar los días de manera distinta, el 27 de noviembre de 1992 resalta como fecha patria. El presidente Chávez decretó que ese fuese marcado como el nuevo día nacional de la Aviación venezolana, porque en la segunda tentativa militar contra Carlos Andrés Pérez fue la fuerza aérea la protagonista. Claro que el golpe de Estado no se daría desde el aire. En esa ocasión se produjo una alianza más estrecha de militares con fuerzas subversivas de izquierda. Además, a diferencia del 4F que fue un golpe del Ejército —en aquella oportunidad, los paracaidistas se trasladaron de su base en Maracay hasta Caracas en autobús—, esta vez participaron todos los componentes de las Fuerzas Armadas. Pero los combates aéreos, algunos de ellos transmitidos en directo por la televisión; junto con el bombardeo de sitios estratégicos en la capital, como la Base Aérea Francisco de Miranda y el Palacio de Miraflores, hicieron que los pilotos y aviones de la Fuerza Aérea robaran la atención del país. Las movilizaciones se iniciaron en la noche del 26, pero la operación también sufrió delaciones. El aparato de inteligencia de Pérez actuó antes de que los complotados pudieran articularse por completo. Los jefes de la conspiración, aunque estaban al tanto de que habían sido descubiertos, decidieron seguir con sus planes. “Nos advirtieron que echáramos marcha atrás. Pero pensamos en los que ya habían salido a las calles y que era ahora o nunca”, cuenta el contralmirante de la marina Luis Cabrera Aguirre, uno de los jefes del temerario golpe. “Ordené que siguiéramos adelante. Era un punto de no retorno, ya estábamos metidos en eso y no hacerlo era dejar a los demás atrás. Salí de mi casa convencido de que moriría ese día”. El contralmirante no sufrió un rasguño aunque sí fue aprehendido y condenado a 27 años de prisión. Luego él recibió un indulto, como ocurrió en la causa de todos los altos oficiales alzados y él fue reincorporado a las Fuerzas Armadas. Tampoco murió ninguno de los jefes de la conspiración, aunque ese día sí perdieron la vida 29 soldados y 142 civiles, otros 100 militares resultaron heridos, oficiales y suboficiales entre ellos. Respecto a dejar a los demás atrás, Maduro tiene una versión distinta de ello. En ese momento no sabía quién trataba de escamotear su oportunidad de escribir en la historia su propio episodio como hombre de acción. Mientras se producían los combates aéreos y algunas unidades alzadas quedaban inmovilizadas por la falta de comunicaciones, los civiles, militantes de la extrema izquierda que formaban parte del complot, se batían a tiros en el oeste de la ciudad con la policía y la Guardia Nacional. “En las zonas populares de Caricuao y el 23 de Enero la batalla era a plomo limpio y nadie estaba dispuesto a rendirse”. Maduro estaba a cargo de los topos. Una operación en la que su posición en el Metro de Caracas demostraría su utilidad estratégica. “Nuestro papel era movilizar la acción popular el 27 de noviembre. Facilitaríamos nuestro conocimiento y control de la infraestructura del Metro para movilizar a los alzados en la capital. Por la red de túneles movimos no solo a tropas, sino sobre todo a grupos de civiles armados. Pero alguien nos había traicionado. Estábamos como aislados y no llegaron las armas que nos habían prometido”, dice Maduro. Los subversivos formaron una comisión para ir hasta el centro de comando militar de la rebelión y tratar de obtener las armas, pero fueron rechazados. En los expedientes judiciales de la época constan varias notas refiriendo la participación de grupos de izquierda en la intentona militar, pero según el capitán de Fragata Cedillo Vaz, abogado del grupo de oficiales golpistas del 27 de Noviembre, “estos no se presentaron nunca, ni sumaron sus esfuerzos al momento de la referida insurgencia”. En contraste con la versión del capitán, el contralmirante Cabrera Aguirre reconoció años después que, en efecto sí hubo una comisión civil que llegó al comando de la rebelión en Caracas que estaba acantonado en el mismo lugar donde meses antes se había rendido Hugo Chávez. Esto era en el cuartel Cipriano Castro, mejor conocido como Museo Histórico Militar, en el sector El Calvario, y que hoy es la sede de comando de las milicias bolivarianas. Cuenta Cabrera Aguirre que a él le tocó darles respuesta: “Salimos a hablar con ellos y les planteamos que tenían que cumplir otro rol, que no era con las armas. Les dijimos que tenían que ir al Palacio de Miraflores para defender sus derechos”. Pero Maduro y algunos de sus compañeros de Bandera Roja y Tercer Camino no se resignarían. “Teníamos fusiles FAL escondidos que se daban por perdidos desde el 4F y como no nos alcanzaba para todos, algunos se armaron con revólveres y hasta de palos y cuchillos. No estábamos dispuestos a ser convidados de piedra ni a que nos fueran a masacrar desarmados”. El hecho, insiste el capitán Cedillo Vaz es que “de los lineamientos políticos se evidencia, que sus propósitos eran la convocatoria del pueblo para insurgir, lo cual es evidente que no se logró, quedando todo como un movimiento militar sin apoyo ni convocatoria popular”. La movilización popular en efecto no se dio. Si los golpistas aspiraban a reeditar el 27F y “que bajaran los cerros” y que estudiantes y hasta amas de casa se sumaran al levantamiento, no lo consiguieron. Ya en el país había polarización respecto al golpe de Estado, contando los militares del 4F presos con cierta popularidad, pero también considerable rechazo. Los conspiradores encuentran la justificación en una falla grave en las comunicaciones. Por un lado la comunicación entre las unidades alzadas había quedado rota debido a la delación que sufrieron.

Por otro lado, un factor quizás aun más decisivo fue “la mala comunicación con el pueblo”. Los alzados del 27 de Noviembre no querían repetir uno de los más graves errores del 4F. Habían comprendido la importancia de la televisión que, se estima, fue uno de los factores que le dio ventaja a Pérez en la primera intentona. Por ello intentaron hacerse con el control de la antena de transmisión utilizada por todas las estaciones de televisión nacionales. Esta está ubicada en el Cerro Ávila, en la estación de Mecedores, pero los efectivos de la Guardia Nacional opusieron una feroz resistencia y no pudieron tomarla. También tomaron por la fuerza la estación de televisión del Estado, el Canal 8. La sangrienta operación dirigida por el teniente Jesse Chacón tuvo éxito en ese propósito. Pero estaban mal preparados. Debían transmitir un video grabado clandestinamente por el comandante Hugo Chávez y los jefes de la intentona militar. Sin embargo, el video fue entregado en un formato casero de VHS y ninguno de los equipos instalados en la sala matriz del canal podía leerlo. Chacón quemó el video. Así que la arenga original que estaba prevista transmitir a los habitantes de Caracas, y el mensaje explicando el movimiento insurreccional se perdió. En su lugar, los militares y civiles que combatían para mantener el control de la estación, un grupo impresentable, se dirigió a Venezuela por televisión. Su apariencia y discurso agrestes —a diferencia del pulcro comandante que transmitió el breve mensaje de rendición del 4F— lejos de contagiar a los posibles simpatizantes de la aventura militar, asustó a toda la población. Un aprendizaje de estos años violentos fue que la diferencia entre el éxito y la derrota política estaba en el mensaje oportuno y el uso correcto de la televisión. Una lección que no olvidaron los conspiradores ni Carlos Andrés Pérez. En 1989, cuando tenía 20 días en el poder, Pérez dirigió al país su primera cadena nacional de radio y televisión. En ella, quien había sido un prestidigitador de la política, quiso mostrar por primera vez las cartas sobre la mesa: el anuncio de las reformas económicas que terminarían costándole el cargo. Pérez decía que se dirigía al país para que todos los venezolanos “supieran a qué atenerse” por los pasos que se debían tomar para “salvar a Venezuela en la coyuntura económica”. Culminó la cadena reconociendo que las decisiones no lo harían más popular y que no aspiraba que por ellas le llevaran en hombros a Miraflores, pero sí tenía confianza que como resultado de su política, al terminar su período “lo sacaran en hombros de Miraflores”. En 1993, en su última cadena nacional como presidente constitucional, Pérez reflexionó sobre la gravedad de los males que aquejaban al país y de los cuales los intentos de golpe contra él solo fueron sus síntomas. En un ejercicio profético, su discurso predijo los males que se avecinaban, subrayando la paradójica alianza que le combatía sin tregua y le llevaba a juicio. Describió la conspiración contra él como “la rebelión de los náufragos políticos” pues aglutinaba a los enemigos que la democracia creía haber derrotado en medio siglo de lucha: resabios del gomecismo, la derecha militarista que añoraba la dictadura de Pérez Jiménez y la guerrilla castrista que nunca pudo derrotar al ejército por las armas, unidos ahora a una nueva camada de oficiales con la bandera de la antipolítica, enemigos de la globalización y del llamado neoliberalismo. CAP cerró su discurso confesando que “habría preferido otra muerte”.

Habría deseado ser protagonista de un capítulo más brillante y no ser expulsado por el retrete de la historia. “La historia de las ciudades se refleja en sus cloacas”, diría Víctor Hugo en Los Miserables. Al fracasar en las barricadas de París, su héroe Jean Valjean utilizó los desagües y los fangosos canales subterráneos para huir de la policía. Del mismo modo, Maduro puede dar testimonio de que Caracas tiene debajo a otra Caracas, con una historia enterrada bajo metros de asfalto, roca y concreto. Un verdadero circuito de alcantarillas, túneles de trenes y canales de servicio, un laberinto lleno de encrucijadas que es útil conocer para cualquiera que quiera tomar por sorpresa a la ciudad o huir sin dejar rastro. El asalto a Caracas del 27 de noviembre de 1992, la segunda conspiración cívico militar que en menos de un año quiso hacerse por la fuerza con el poder, fracasó una vez más. A las 4 de la tarde los jefes de la asonada estaban rendidos. Un grupo importante de oficiales, encabezado por el general de la aviación Francisco Visconti salió del país en un avión Hércules rumbo al exilio en Perú. El régimen de Francisco Fujimori asilaría con gusto a los enemigos de su enemigo. Fueron arrestados quinientos oficiales y suboficiales, 800 soldados rasos y 40 civiles. Maduro y los suyos se batieron en retirada. Entre lágrimas, miedo, frustración y rabia se escabulló por las rutas secretas del Metro de Caracas. Pero sabía que las cartas de su destino estaban echadas, solo debía volver por un tiempo a las catacumbas. A la política subterránea que tanto conocía.

FRAGMENTO DEL EPÍLOGO CON EL QUE TERMINA EL LIBRO

Empecé a pensar en escribir este trabajo el 9 de diciembre del 2012 y me senté a hacerlo efectivamente el 1 de enero de 2013.

Eché mano a información documental y datos exclusivos recabados en entrevistas realizadas desde 2005 y hasta la penúltima semana de febrero. Cuando Maduro dio la noticia del fallecimiento de Chávez, el libro estaba ya en manos de la editorial y listo para la imprenta. Estas líneas de última hora las redacto a pocos días de las elecciones. Son una advertencia. O excusa por las faltas y omisiones que son propias de un reportaje periodístico hecho con los rigores de un deadline para el noble y pausado instrumento del libro, y esto en medio del trepidante ambiente noticioso que vive Venezuela. El candidato de la Mesa de la Unidad Democrática, Henrique Capriles, había logrado la más alta votación contra Chávez el 7 de octubre del 2012. Pero tras la nueva reelección, la oposición había quedado desmoralizada. En las elecciones regionales del 16 de diciembre sufrió aplastantes derrotas en casi todos los estados, excepto en Lara, Amazonas y Miranda, donde el propio Capriles volvió a correr como candidato a gobernador. Capriles decidió lanzar su candidatura en lo que muchos comentaristas describieron como un gesto valiente y osado. Aunque Chávez, el mayor obstáculo para que la oposición accediera al poder, ya no estaba físicamente en el escenario, Maduro, la familia del difunto y todo el aparato estatal estaban haciendo lo posible para que se mantuviese como si fuese esta su última contienda, la primera post mortem.

Este libro fue pensado originalmente para un público que, desde afuera, ve con interés creciente y renovada curiosidad a Venezuela. Muchas fueron las personas, de varias nacionalidades, que en distintos contextos me preguntaban si sabía quién era Nicolás Maduro y si creía que podría gobernar el país. Observé en medios internacionales una desorientación total respecto al delfín de Hugo Chávez y el efecto que podría tener sobre la nación petrolera. Luego, al terminar el texto y darlo a leer a unos amigos intuí que también podría ser una lectura útil para muchos venezolanos. No solo por el placer que muchos sentimos en que nos cuenten nuevamente lo que hemos vivido, sino por una necesidad de colocar en contexto y en justa medida a los personajes que nos gobiernan.

La objetividad y el equilibrio es la primera baja en una campaña electoral. La capacidad para evaluar a las personas por lo que realmente son pasa temporalmente a ser casi inexistente. De modo que esta es una invitación a la ponderación. A no subestimar ni sobreestimar a un hombre que, cualquiera que sea el resultado de la contienda, para bien o para mal, tiene y tendrá un rol decisivo en la vida de millones.

ROGER SANTODOMINGO: Periodista venezolano y Máster en Ciencias Políticas, Roger Santodomingo se ha especializado en comunicación política y en el uso y desarrollo de internet para el periodismo. Autor de libros y ensayos de análisis político, ha sido consultor y docente de postgrado en Comunicación Política. Trabajó como productor y presentador del Servicio Mundial de la BBC en Londres y Estados Unidos. Ha sido reportero y editor de medios impresos en Venezuela y de televisión como CNN y Telemundo. Fue el fundador y director de varios portales web, entre los que destacan NoticieroDigital.com, CodigoVenezuela.com y ElPolitico.com. Reside en Estados Unidos y lleva el blog CodigoRoger.com y la cuenta de Twitter @CodigoRoger.

 


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