Puede asumirse que la coyuntura es mundial; las mujeres son quienes cargan en gran medida con las labores de cuidado. Estos cuidados se centran, prioritariamente, en la crianza de hijas e hijos. En Argentina la cifra de hogares monomaternales es elevada y en el litigio judicial por regímenes de alimentos las tareas de cuidado apenas están enunciadas.
Según datos recientes recabados por el INDEC a través de su Encuesta para Hogares (EPH), de los hogares urbanos que existen en Argentina el 12% son monoparentales, a esto se añade otro guarismo; el 80% están sostenidos por mujeres con una pronunciada línea ascendente.
Las estadísticas sirven, representan datos útiles para reflejar realidades, pero el equilibrio reflexivo como forma de razonamiento integral valora la intuición. En este caso la intuición se hermana con la cifra. Casi podría sustituirse el término; estos hogares no son monoparentales, son, sencillamente, monomaternales.
En la última Opinión Consultiva emitida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos en junio del 2025 (OC-31/2025) a propósito de un pedido formulado por el Estado Argentino acerca del contenido y alcance del derecho al cuidado y su vinculación con otros derechos, la Corte resaltó, puntualmente, que cuidar es un trabajo.
En efecto, reconoció el innegable valor social de las funciones de cuidado desarrolladas sobre todo en lo que respecta al cuidado materno de las niñeces, no sólo en una dimensión vincular e intimista, sino en su faz social y macropolítica. Así, tal como destacó, las labores de cuidado constituyen una actividad imprescindible para el Producto Bruto Interno de cada país; en términos generales, sostienen buena parte de la economía.
En sintonía con esto, advirtió que dichas labores -históricamente no remuneradas-, deben ser reconocidas en su dimensión económica por los países que nuclea la Convención Interamericana de Derechos Humanos (Argentina es uno de ellos), sin que el afecto o amor que pueda colocarse al realizarlas suprima esa cualidad.
Asimismo, reparó en la vertiente cultural del asunto, puesto que, como resaltó el documento, las tareas de cuidado han sido históricamente destinadas a las mujeres a partir de estereotipos de género que finalmente han dado lugar a prácticas que colocan una carga desproporcionada sobre ellas, violándose de este modo derechos fundamentales como la igualdad, la prohibición de no discriminación y la salud.
Salud física y mental de las personas que cuidan
Precisamente con relación a esto último, la Corte puntualizó que los Estados de la región deben reconocer tales roles de cuidado “en particular los del ámbito doméstico”, en correlación con el derecho a la salud, dado que “los altos niveles de informalidad e invisibilidad con que se afrontan las labores de cuidado -en particular las no remuneradas- pueden suponer un riesgo para la salud física y mental de las personas que cuidan, fenómeno que afecta de manera diferenciada a las mujeres”.
Si bien el pronunciamiento de la Corte es necesario, dado que como parte del Sistema Internacional de Protección de Derechos Humanos de nuestra región traza una serie de coordenadas que se instituyen como insumos para la resolución jurídica y judicial de conflictos, lo que dice no es nuevo para quienes hace tiempo disputan la igualdad desde la economía feminista. Igualdad que no se clausura en el reconocimiento del valor intrínseco del cuidado, sino que, como toda labor, requiere un marco que permita ponerle precio.
Es preciso entonces mensurar el costo monetario del cuidado, allí donde una abrumadora mayoría de mujeres son las que cuidan, allí, donde la protección de las niñeces recae en sus cuerpos. Justo ahí, cuando decirlo produce ya algunos efectos ¿Qué tipo de madre es la que reclama un precio por este trabajo?
Alimentos: eso que no se ve
Romina Scocozza es abogada, coordina la Unidad Central de Género de la Universidad Nacional de Córdoba, pero sobre todo, y así prefiere resaltarlo, litiga. Representa en el fuero de familia local a un sinnúmero de mujeres que dirimen conflictos por divorcios, tenencias compartidas y regímenes alimentarios, su enfoque es feminista, reconoce la dificultad que muchas veces supone conciliar dicha posición política con la cultura jurídica de los operadores judiciales.
“Me parece que recién ahora el, los feminismos, de una manera quizá más explícita, están incorporando en sus consignas las discusiones de la economía feminista, es decir, de una economía que comience a visualizar las tareas de cuidado que ejercen las mujeres con respecto a sus hijos, que se les ponga un nombre, se las conceptualice y, concretamente, se les dé un valor”.
“El fuero está muy feminizado”, apunta “la mayor parte de las litigantes en los fueros de familia y de violencia somos mujeres, y también la mayoría de la planta de empleadas, juezas incluso, son mujeres. Nos encontramos mujeres hablando de cosas que afectan a las mujeres y aun así el sistema continúa siendo estructuralmente patriarcal”.
En este sentido, no parece que la equidad se refuerce y la matriz patriarcal se agriete, con asegurar que los lugares vinculados con la toma de decisiones estén ocupados por mujeres. El género se presenta como un pesado telón que oculta la escenografía. Sí, es necesario que los lugares de poder estén igualmente ocupados por mujeres y varones, es preciso para las mujeres acceder a ese territorio, pero claro que no es suficiente si quienes lo consiguen reproducen la narrativa machista, fálica y extractivista propia de un sistema capitalista que hace migas con el patriarcado. El tema de los cuidados asoma tibiamente.
La urgencia de una epistemología feminista
“El nivel de reconocimiento que existe en las tareas de cuidado quizá discursivamente ha avanzado, se las menciona en las resoluciones y sentencias; ahora, cómo eso se traduce económicamente, ahí hay problema”, continúa Scocozza, y añade “Hasta que no comencemos a tomar las herramientas de las ciencias duras que históricamente han sido masculinizadas, hasta que no nos apropiemos de esos métodos científicos, difícilmente logremos ponerle al cuidado un precio”.
Romina apunta a la urgencia de una epistemología feminista, en la que las discusiones por la manera en que se han perfilado los métodos de investigación y producción del conocimiento sean revisados a la luz del encuadre de género: “Está clarísimo cuándo procede y cuándo no la cuota alimentaria, pero después, respecto a la magnitud, en el quantum, es ahí donde la epistemología feminista tiene un problema”.
Autoras como Sandra Hardign y Gloria Anzaldúa lo deslizan muy bien en sus escritos y exploraciones; si perpetuamos una interpretación de los fenómenos que nos rodean a partir de herramientas históricamente construidas por el sistema patriarcal, difícilmente podamos encontrar verdaderas soluciones a los problemas que buena parte de la población feminizada afronta. La ciencia, con su mascarada objetivista, no ha hecho más que fingir asepsia e imparcialidad, transformando con ese gesto lo objetivo en objetualizante.
De este problema inicial se desprenden las prácticas situadas.
“A la problemática para encontrar el método subyace un posicionamiento, la ubicación de este tipo de tareas por fuera del mercado. Estas tareas están por fuera del mercado”, refiere Scocozza y apela a un ejemplo muy gráfico.
“De ninguna manera alguien le diría a una niñera que tiene que ir a trabajar gratis a su casa. Es cierto, es un trabajo poco calificado, informal, pero de altísimo valor. Es decir, no es un trabajo jerarquizado, y su valor, que insisto, es alto, no tiene un precio en el mercado acorde a ese valor. Pero aun así, de ninguna manera es gratuito. Cuando a esa tarea de cuidado la realiza quien tiene con la persona que es cuidada un vínculo de crianza el precio de la labor directamente no se discute. Afinidad, parentesco y cuidados, son un combo que están fuera del mercado. ¿Y esto por qué? Porque es ubicado en el campo del amor. El amor no se puede cobrar, ¿me explico?”
El relato introduce una vertiente nada menor. Si es preciso pensar cuánto cuesta cuidar, y ahí mismo, justo en ese punto, nos ceñimos a la casuística que arrastra el asunto de la cuota alimentaria, la pregunta -incluso desde esa única casuística-, incorpora más de una dimensión.
Por un lado, está el cuidado, ¿qué es cuidar?, ¿qué supone? Por otro está el costo. El costo no es igual que al precio, sino mejor una explicación razonable sobre este último. En toda tarea a mayor esfuerzo, a mayor energía, más costo, entonces, a más costo mejor retribución.
Es preciso desentrañar los componentes de este tipo de cuidados porque es precisamente allí cuando el territorio se expande. Hay que pensar que el cuidado de hijas e hijos no se limita al alimento, la educación, el esparcimiento y el vestido, ese cuidado, si verdaderamente se inscribe en la protección del Interés Superior del Niño tal como lo estipula la Convención de los Derechos del Niño que en Argentina es norma constitucional, si es así, supone un vínculo de resguardo permanente. Todo vínculo de estas características demanda en quien cuida una posición de disposición continua. Para alimentar la mayoría de las veces es preciso cocinar, para asear es necesario limpiar, para garantizar la educación formal se requieren traslados, horarios disponibles, participar en las demandas escolares tanto dentro como afuera de la institución, el esparcimiento demanda planificación, detalle, miramientos. Nunca nada más cercano a la frase “poner el cuerpo”.
Las tareas varían con el crecimiento, esas variaciones suelen acarrear nuevas complejidades que en general son asumidas como parte del proceso de maduración y crecimiento, pero ni esa asunción, ni la realización de todas estas labores con agrado y deseo, deben obturar la discusión por el precio.
No es difícil, seguro hay muchas personas que disfrutan de su trabajo, que ejercen con apego y esmero una profesión ¿Estarían dispuestas a no cobrar por eso? ¿Admitirían como un argumento razonable que, si disfrutan de su trabajo, les gusta, lo aman, entonces, no hay razón para que sea pago?
El autocuidado también es un derecho
La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha reconocido en la Opinión Consultiva emitida al efecto que el cuidado es un trabajo valioso altamente feminizado. Las estadísticas revelan que la gran mayoría de hogares monoparentales están sostenidos por mujeres, y no se trata necesariamente de niñas y niños que no tienen progenitor. A eso se suma la alta cifra de litigio por alimentos iniciado por mujeres a cargo del cuidado casi exclusivo de hijas e hijos. No puede pasarse por alto entonces el impacto que esto tiene en la salud de esas criadoras exhaustas que se enfrentan, además, a un sistema judicial que, en términos generales, desoye.
Laura Cantore es abogada, doctora en derecho y ciencias sociales y pos-doctorada en género, también es docente universitaria y preside la Fundación Una Puerta, un espacio que trabaja para erradicar la violencia intrafamiliar desde una perspectiva de género y Derechos Humanos.
“Para mí”, enfatiza “el problema más importante del cuidado y la valoración del cuidado es el costo, es precisamente por eso que tenemos que hablar de salud mental. Hay que pensar en el costo emocional que pagan las personas que se encuentran en esa situación”.
En la conversación menciona el desgaste que supone para muchas mujeres que deciden litigar por alimentos la confrontación con un aparato judicial que retarda sus decisiones, no introduce la variable de género y, muchas veces, analiza el problema suponiendo una disputa en la que ambas partes están en igualdad de condiciones. A esto debe sumarse el extendido discurso de que “la cuota alimentaria es para los hijos”, por lo tanto, la cuidadora, la que cría y procura, no tiene nada que hacer ahí ¿Por qué habría que reconocer su labor como parte de los alimentos?
La narrativa es cuanto menos nefasta, y para quienes salen a disputar sentido mientras cuidan y sostienen trabajos no pocas veces precarizados, funciona como un disparo certero al aparato psíquico. Es imposible sostener tantos frentes sin derrumbarse.
Cantore se detiene en una de las aristas del cuidado, el autocuidado. El autocuidado es un derecho que también debe garantizar el Estado, hacerlo, implica asegurar las condiciones materiales de posibilidad para llevarlo a cabo. Quienes cuidan, quienes lo hacen en condiciones de desigualdad casi estructural, requieren mayor esfuerzo por parte del Estado -y sus agentes, claro-, para la preservación del derecho al autocuidado. Una grieta en el autocuidado supone, más allá o más acá, una contundente afectación a la salud integral; es decir, el descuido hacia quienes cuidan es potencialmente violatorio de al menos dos derechos, el autocuidado y la salud mental.
Como señala Laura: “hay que considerar el tiempo emocional que se dedica al cuidado de hijas e hijos”, y vincula este aspecto con la violencia económica.
La violencia económica no es solo ejercida entre particulares, también es articulada desde el Estado cuando quienes representan a sus agencias y dirimen conflictos obturan toda posibilidad de dimensionar los alcances de las tareas de cuidado. Para que un derecho se materialice debe existir antes un deber. El derecho a la vida está ceñido al deber de no aniquilarla, el derecho a la dignidad está plegado al deber de no discriminar, el derecho a la salud se perfila en el deber de posibilitarla, el derecho al cuidado supone entonces el deber de cuidar ¿Quién cuida a quiénes cuidan? Es esta una pregunta que debería acompañar cualquier decisión razonable, legítima y legal sobre régimen de alimentos.
El aparato judicial debe tomar nota. La agenda feminista debe bregar por ello.
“El problema del dinero es la indefensión aprendida. La violencia económica se instituye como una privación de autoestima”, sintetiza Cantore.
Estamos de acuerdo en general con que las niñas, niños o adolescentes merecen una especial atención. Convenimos en que la base de una sociedad más justa reposa en infancias saludables. Nos alarmamos frente a niñeces diezmadas o vidas jóvenes resquebrajadas. Asumimos que cuidar es una forma de evitar esos resquebrajamientos. Como dice Joan Didion en su novela Noches azules, escrita tras la muerte de su única hija, Quintana Roo: “Ser niño es ser pequeño, débil, falto de experiencia, la base misma de la cadena alimentaria. Todo niño lo sabe”
Si todo niño lo sabe y allí están quienes cuidan para conjurar esos daños ¿Por qué deciden ignorarlo quienes deben poner un precio a esos cuidados?
AUTORAS: Flor Monfort – Natalia Monasterolo (Página 12).-
(¡Espero no tener problemas legales por reproducir un cuadrito de MAFALDA!)
