FORMAR ANTES QUE GANAR, EL VERDADERO SENTIDO DEL DEPORTE INFANTIL.

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Una categoría formativa tiene un objetivo que va mucho más allá de ganar partidos. Su esencia es formar: enseñar valores, transmitir compañerismo, fortalecer la disciplina, promover el compromiso y cultivar el respeto. Acompañar procesos, dar espacio para crecer y sostener las emociones de cada niña que se inicia en el deporte.

En estas edades, un partido no cambia porque una jugadora entre cinco o diez minutos, pero para ellas sí hace una diferencia enorme. Van con la ilusión de jugar, de sentirse parte, de ser vistas por su familia, de disfrutar el deporte. Aunque no corran igual, aunque no dominen la técnica, están aprendiendo. Están empezando.

Por eso, acciones como dejarlas sin jugar, sin camiseta o sin participación activa no pueden tomarse a la ligera. Cada gesto, cada palabra, cada decisión de un adulto marca. Y en formación, la responsabilidad recae siempre en quien enseña, no en las niñas.

Cuando se justifican estas exclusiones preguntando cuántas veces entrenan, si hacen los ejercicios, se pierde completamente de vista lo esencial: una categoría formativa no se sostiene con exigencias, sino con pedagogía.

Las niñas no están para cumplir estándares; los profesores sí están para guiar, enseñar, comprender y contener.

Hoy más que nunca, hace falta que quienes están a cargo de niños y adolescentes no sean solo amantes del deporte, sino profesionales capacitados, con formación pedagógica, titulaciones correspondientes y herramientas humanas y didácticas para trabajar con menores. Enseñar deporte es enseñar vida; no alcanza con saber jugar, hace falta saber educar.

Del mismo modo, los reconocimientos y los momentos de celebración deben ser iguales para todas. Algo tan simple como entregar una medalla debe ser un gesto inclusivo, sin generar diferencias ni dejar a nadie afuera.

En formación, todas son parte del equipo. Sin excepciones.

El deporte tiene un propósito noble: brindar un espacio sano, formativo, protector; motivar a superarse, a convivir, a crecer; alejar a las niñas de la calle y acercarlas a una vida más saludable.

No es para apagar ilusiones, sino para encender sueños.

No es para lastimar, sino para acompañar.

No es para generar frustración, sino para sembrar valores.

Es doloroso ver cómo, en muchos lugares, estos principios se están perdiendo.

Pero es necesario recordarlo: si hablamos de formar, entonces todas las niñas importan. Todas.

Y la formación verdadera empieza cuando hay educación, profesionalismo, vocación y pedagogía real.

OPINIÓN DE LA FUNCIONARIA POLICIAL Valeria Ferreyra (Publicada en Informe Ciudadano).-


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