LOS ABUSOS DE LOS SACERDOTES DE LA IGLESIA CATÓLICA. (NOTA 2).

La Argentina no es un caso aislado. El de los abusos es un problema global. La crisis se hizo pública a partir de 2002, cuando The Boston Globe publicó la investigación Spotlight sobre casos ocurridos en Estados Unidos. El proceso canónico de la Iglesia establece que el obispo es el encargado de la investigación preliminar. Si concluye que es veraz, envía el caso al Vaticano. La Congregación para la Doctrina de la Fe es el organismo encargado de seguir la denuncia y lo hace en silencio, siguiendo sus propios procedimientos. Sin darle intervención a la Justicia ordinaria. Según muchas de las víctimas que atravesaron este proceso, el objetivo es evitar un escándalo que dañe, aún más, a la institución.
La organización descentralizada de la Iglesia es uno de los factores que dificultan las investigaciones. Aunque tienen algunas instancias de coordinación nacionales, los obispos son autónomos. Dependen del Papa de manera directa. A eso se le suman las órdenes religiosas, que tienen un organigrama independiente. Más allá de estas dificultades, las nuevas recomendaciones del Vaticano establecen que, además de impulsar los juicios canónicos, los obispos deben acompañar a las víctimas y alentar las investigaciones en la Justicia. No siempre ocurre.
Dónde fueron las acusaciones
Algunos de los curas y religiosos tienen acusaciones en más de un lugar
La posición de Francisco ha sido puesta en duda. Tuvo que pedir disculpas luego de respaldar a un obispo chileno, Juan Barros, acusado de encubrir los abusos del sacerdote Fernando Karadima, expulsado del ministerio. Las víctimas italianas del Próvolo le enviaron cartas certificadas y hasta le entregaron una en mano, en las que le explicaban que sus abusadores estaban en las sedes argentinas del instituto. Lo acusan de no haber hecho nada al respecto.
Tanto en la Argentina como en el resto del mundo, la propia naturaleza de los abusos dificulta la judicialización. Al ser en muchos casos menores, las víctimas suelen callarlos. Recién logran denunciarlos años después, cuando las causas prescribieron o es muy difícil recabar pruebas. En 2018, se modificó la ley argentina para que, en el caso de los menores, el plazo de prescripción comience a computarse a partir de que la víctima cumple la mayoría de edad.
La Iglesia muchas veces conspira para evitar que los casos trasciendan: trabaja para mantener el secreto. En abril de este año se difundió una carta del arzobispado de Mendoza que deja en evidencia cómo se buscaba “evitar la judicialización” de una investigación de abusos que habrían sido cometidos por dos monjes. Los mecanismos de silenciamiento incluyen acuerdos legales. Entre 1989 y 1990, cuando tenía 13 años, Sebastián Cuattromo fue abusado en su colegio, el Marianista de Caballito, por Fernando Enrique Picciochi, docente y hermano marianista. Diez años después, presentó una demanda civil contra el colegio y, junto con otra víctima, firmó un acuerdo de mediación en el que se pactó el resarcimiento económico. El inciso octavo del acuerdo estableció un pacto de confidencialidad que Cuattromo luego denunció por inmoral.
Según la víctima, entre junio y agosto de 2002 se presentó en la sede del arzobispado de Buenos Aires para hablar con Jorge Bergoglio, que estaba al frente. “Quería conocer la postura que tomaban ellos. Si avalaban o desautorizaban [el intento del colegio marianista de] silenciar a víctimas de abuso sexual”, explica. Cuattromo dice que lo derivaron con Mario Poli, entonces obispo auxiliar de Buenos Aires, y que tuvieron varias reuniones. Al final, sigue Cuattromo, Poli le dijo que la Iglesia avalaba la cláusula de confidencialidad.
Consultados por LA NACION, desde el Colegio Marianista informaron que Picciochi dejó la Compañía de María a fines de 1993, y que cuando se produjo la denuncia ya no era más marianista ni ocupaba cargos en las escuelas de la congregación. Respecto del acuerdo, dijeron que desde un primer momento las declaraciones de Cuattromo se tomaron como verosímiles y que la intención fue “resguardar la intimidad de las personas afectadas por los hechos acaecidos”. LA NACION se comunicó con el arzobispado de Buenos Aires para consultar a Poli, pero respondieron que “el cardenal no da entrevistas”.
Dinámica de silencio Muchas víctimas señalan cómo la dinámica de silencio y ocultamiento con que la institución lidió con las denuncias no solo atentó contra la posibilidad de erradicarlas, sino que también les generó aún más dolor. “El silencio fue más dañino que el abuso”, explica una de ellas.
Buenanueva coincide y dice que la práctica “totalmente fatal de traslados, de ocultar, de no decir” respondía a la ignorancia que en la Iglesia había del daño que los abusos y el posterior encubrimiento generaban en las víctimas. “Hay que pensar que muchas víctimas se han suicidado, eso es terrible”, dice.
“Fueron muchos años de sumisión, en los que no solo viví abuso sexual, sino también mucha violencia y manipulación, y era difícil darse cuenta de lo que estaba pasando”, dice Yair Gyurkovits, un estudiante de 23 años. En 2016, denunció a los curas Agustín Rosa Torino y a Nicolás Parma por abusos cuando era menor y formaba parte del Instituto Discípulos de Jesús de San Juan Bautista, en Salta. Ambos religiosos tienen causas abiertas en la Justicia.
Los abusadores suelen manipular a sus víctimas para lograr el silencio que les da impunidad. “Esto es un secreto entre nosotros y Dios”, dice Rufino Varela que le dijo Finnlugh Mac Conastair, o el padre Alfredo, como lo llamaban, luego de abusar de él en el cuarto que ocupaba debajo de la capilla del colegio Cardenal Newman, del que era capellán. Antes de despedirlo, el cura le ofreció caramelos de un frasco que tenía sobre la mesa.
Así como el silencio genera opresión, la difusión de casos alienta a las víctimas a romper la espiral de ocultamiento. Un valiente que se anima a hablar, coinciden varios de los consultados, es lo que los impulsó a ellos a dar el paso al frente.
“Ahora lo importante es continuar la lucha -dice Sgardelis, con su elocuente lenguaje de señas-. Todos ustedes deben escucharme, o no, como quieran, pero esta es la verdad. Ya mi vida está arruinada, pero estoy vivo, demostrando que debemos seguir luchando para que en el futuro se terminen los abusos”.
CON LA COLABORACIÓN DE MARIANA GARCÍA, ALEJANDRO HORVAT Y MARÍA AYZAGUER
Los acusados
Condena judicial Proceso judicial en marcha Casos no judicializados Otros Admisión o sanción por parte de la Iglesia
Julio César Grassi, Marcelino Moya, Rubén Pardo, Fernando Enrique Picciochi
Justo José Ilarraz, Mario Napoleón Sasso, José Mercau, Domingo Pacheco, Ladislao Chomyn
Luis Gabriel Pezzolo, Carlos Raúl Altamirano, Juan Diego Escobar Gaviria, Juan José Urrutia, Héctor Lezcano Pared, Isaac Gómez, Mario Koessler, Luis Eduardo Sierra, José Carlos Aguilera
Emilio Raimundo Lamas, Cristian Vázquez, Gustavo Zanchetta, Nicolás Parma, Carlos José Kumiko Kosaka, Carlos Bareuther, Néstor Monzón, Walter Bustos
Hubeimar Rua, Horacio Corbacho, Agustín Rosa Torino, Renato Rasguido, Juan de Dios Gutiérrez, María Alicia Pacheco, Diego Roqué, Oscar Portillo, Nicola Corradi,Tulio Mattiussi, Daniel Omar Acevedo, Eliseo Primati, José Luis Serre, Ángel Duples,Alfredo Soiza-Piñeyro
Héctor Ricardo Giménez, Cristian Gramlich, Miguel Ángel Santurio, Carlos Urrutigoity. Albano Mattioli, Néstor Aramayo, Luis Bergliaffa, Luis Alberto Brizzio, Carlos Miguel Buela, Giovanni Granuzzo, Finnlugh Mac Conastair, Roberto Barco
Viviana Fleitas, Luigi Spinelli, Aníbal Valenzuela, Fabián Reimer, Walter Eduardo Avanzini, Edgardo Gabriel Storni, Carlos Ibáñez Morino, Alessandro De Rossi, Jorge Luis Morello

Sobre el Autor

Carlos Suarez
Periodista egresado del ISET N° 18 "20 de Junio" de Rosario, S.F. en 1990. Participó del Primer Congreso Internacional de la Comunicación y el Periodismo en 1998. Colaboró con el programa LA OREJA de Radio Rivadavia conducido por Quique Pesoa en 1992. A partir del 1 de octubre de 2018 conduce VIVA LA MAÑANA por Radio Viva 104.9 de Federación, E.R.

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